Puesto a escudriñar los horizontes culturales construidos a partir de los avances tecnológicos, me he encontrado en YouTube un vídeo que me ha llamado poderosamente la atención. Lo comparto con los tres lectores y/o lectoras de este blog, con la esperanza de que lo encuentren tan provocador como me lo pareció cuando lo vi por vez primera:
Tal como lo expresara el filósofo y lingüista estadounidense Walter J. Ong (1912-2003): el descubrimiento de la escritura involucró una radical revolución tecnológica (Orality and Literacy: The Technologizing of the Word, 2ª ed., Routledge, Nueva York, 2002). La escritura ciertamente puede calificarse en tales términos porque requiere un empleo habilidoso de ciertas herramientas (tinta, pinceles o plumas, entre otras) sobre superficies cuidadosamente preparadas (por ejemplo, tablillas de arcilla o madera, pieles o papel). Las palabras, sin escritura, carecen de presencia visual: mueren en el momento en que son pronunciadas. La escritura, por el contrario, les proyecta más allá del presente efímero: asegura su perdurabilidad, su potencial para volver a vivir dentro de un número ilimitado de contextos (tantos como lectores han existido, ahora y siempre). Ya no nos asombran los libros, cuando en realidad son probablemente uno de los mayores avances tecnológicos de la humanidad: la condición que ha permitido la transformación y evolución de los paradigmas históricos en que se expresan los distintos saberes humanos.
Jorge Luis Borges imaginaba el paraíso como una especie de biblioteca. El pintor Carl Spitzweg (1808-1885) probablemente encontraría risible semejante pretensión, como podemos apreciar en su cuadro titulado Der Bücherworm (que podemos traducir literalmente como "El Gusano de Biblioteca", aunque en castellano la expresión pertinente al caso sería ratón de biblioteca, referida a una persona que devora los libros): el consumo excesivo de la palabra impresa, parece decirnos Spitzweg, nos coloca en una precaria y negligente situación, enfrascándonos en una esfera alejada de la realidad. No obstante, en este distanciamiento de la realidad (e imagino que incluso cualquier hipotético gramatólogo que se cruce con estas líneas estará de acuerdo conmigo en este tema) radica el milagro de los libros, que permiten propalar el saber y la belleza a pesar de la ausencia del autor. Detrás de los proverbios, los axiomas y la especulación filosófica que han llegado hasta nosotros (y que se continúan construyendo a diario, y que sin duda llegarán más allá de nosotros) se encuentra la experiencia humana pasada, diseminada a lo largo de los siglos e inmersa en una trama narrativa transmitida, por medio de los libros, de generación en generación. Frente al socarrón pincel de Spitzweg me quedo, entonces, con Borges, y concluyo con sus amorosas palabras sobre la palabra escrita e impresa: «De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación».

