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martes, 7 de septiembre de 2010

Política Descafeinada

Han pasado más de dos meses desde la última vez que apunté algo en el blog. Tras un verano que, por razones personales (en los próximos meses me veré obligado a abandonar España y mudarme a Canadá) y culturales (el verano español es poco propicio para emprender cualquier tipo de esfuerzo, sea éste físico o mental) he pasado sumergido en absoluta indigencia intelectual, finalmente he sacudido las telarañas que cubrían mis neuronas y heme aquí de vuelta, con ojos como platos ante los torcidos derroteros por los que se han despeñado las libertades públicas en el Viejo Continente.

El escándalo reviste con oropeles de novedad el suceso viejo que me dispongo a comentar en las siguientes líneas. El pasado 26 de abril, el Consejo de la Unión Europea reunido en Luxemburgo aprobó el Documento 8570/10, titulado «Proyecto de Conclusiones del Consejo sobre la Utilización de un Instrumento Estandarizado, Multidimensional y Semiestructurado de Recogida de Datos e Información Relativos a los Procesos de Radicalización en la UE». La iniciativa forma parte de la estrategia de prevención del terrorismo en Europa. Sin embargo, el documento no restringe la vigilancia policial a los supuestos de presunta actividad terrorista, sino que la extiende sobre cualquier individuo o grupo sospechoso de haberse radicalizado. Conforme a dicho texto, la Unión Europea (UE) dará seguimiento a los «procesos de radicalización» mediante la vigilancia de «agentes» que mantienen «actitudes radicales» y que, consecuentemente (o, mejor dicho, según suponen quienes le redactaron), contribuyen a la radicalización de otras personas. Tales actitudes son definidas como posturas de «extrema izquierda o derecha, nacionalistas, religiosas o antiglobalización».

Previamente, en marzo de este año fue acordado el documento 7984/10, cuyo objetivo consiste en recomendar el almacenamiento de «datos sobre la radicalización violenta». Este documento clasificado fue recientemente publicado por la ONG Statewatch. En términos similares al 8570/10, propone la vigilancia de los radicales «violentos». La naturaleza jurídica de ambos documentos resulta sumamente opaca, ya que su carácter es sólo orientativo. No son directivas que los Estados miembros de la UE tengan que poner en práctica obligatoriamente. Como meras propuestas, tampoco están sometidos al debate y a la aprobación del Parlamento Europeo, con los correspondientes controles jurídicos y políticos que vinculan al proceso legislativo.

El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia define la voz radical, en primerísimo término, como un adjetivo que indica aquéllo «perteneciente o relativo a la raíz». En términos políticos, por tanto, radical es todo aquel que: 1) pretende transformar las estructuras sociales o políticas vigentes desde sus propios fundamentos; y 2) aspira a realizar los principios que inspiran su visión de la comunidad política hasta sus últimas consecuencias. Históricamente, el radicalismo ha encontrado expresión en una tradición de pensamiento político que recoge nombres tan relevantes como los de Thomas Paine, Mary Wollstonecraft, Jeremy Bentham y James Mill en el ámbito angloamericano; o Alexandre Auguste Ledru-Rollin y Louis Blanc entre los francófonos. Grosso modo, bajo la bandera radical se han agrupado quienes comparten convicciones republicanas con fuerte impronta democrática y que, consecuentemente, abogan por la liberación del individuo de cualesquiera formas injustas de dominación a la par que promueven su efectiva participación en las decisiones colectivas, por ejemplo, mediante el sufragio universal, la libertad de prensa y los derechos de reunión y asociación.

Resulta significativo que, en los tiempos que corren, ni los radicales ni la radicalización tengan cabida en Europa. Habrá que andarse con cuidado si, pongamos por ejemplo (un planteamiento meramente hipotético, por supuesto... no quisiera que me tachen de radical), en un momento de despiste se nos ocurre opinar en voz alta que quizás las cosas le irían mejor a España bajo una constitución republicana y federal; o que la política de inmigración instrumentada por el gobierno de Nicolas Sarkozy puede indistintamente calificarse como racista, xenófoba e incluso violatoria de las normas fundamentales que rigen la Unión Europea; o que el historial judicial de Silvio Berlusconi (aunque ud. no lo crea, es posible disponer con cierto detalle de esta información en Wikipedia) parece más digno de un jefe de la mafia que del Primer Ministro de Italia. Tales ideas disolventes sin duda promueven la radicalización de otras personas y, en este tenor, pueden motivar una justificada suspicacia policial en este lado del Atlántico. Bajo la sombra de los documentos 7984/10 y 8570/10, la política sólo podrá tomarse descafeinada... para protección de su salud y su seguridad, por supuesto, querido(a) lector(a): por el momento (y hasta nuevo aviso), las autoridades europeas le preservarán de las radicales (y peligrosas) utopías. 

jueves, 17 de junio de 2010

Si yo fuera un mandamás

Consumatum est.

En España, el gobierno ha abaratado el despido mediante decreto (aunque aún es preciso esperar al resultado del trámite parlamentario correspondiente para su convalidación definitiva). España, se dice, necesita una reforma que flexibilice el mercado laboral. Por alguna ignota razón, el debate se ha centrado en torno al coste del despido. Claro que, en un país donde el número de parados supera los cuatro millones, parece difícil convencer al público de que la escasez de empleo obedece primordialmente al hecho del elevado coste y dificultad del despido. Ya lo ven: cosas raras que le cruzan a uno por la loca cabecita.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, en México, Felipe Calderón finalmente ha explicado al público las razones de la política adoptada por su administración en materia de narcotráfico. El viernes 11 de junio, México vivió uno de los días más violentos del actual sexenio: 77 muertes relacionadas con el crimen organizado. El lunes 14, dicha cifra fue superada: 96 muertes. El pasado mes de mayo, 1,100 personas perdieron la vida en aras de la -ahora así llamada- lucha por la seguridad pública. Pese al escalofriante goteo de muerte y dolor que indican las cifras (desde que, en diciembre de 2006, Calderón iniciara su cruzada contra el narcotráfico, más de 22,000 personas han muerto de forma violenta en México), el presidente insiste en su retórica bélica: «El enemigo se puede vencer», afirma categórico, «y sé que unidos habremos de derrotarlo».

Los titulares de los periódicos de hoy, empero, atienden en buena medida a las expectativas que las selecciones nacionales de ambos países tienen para posicionarse favorablemente en el Mundial de fútbol. Que si España debe concretar más su juego frente a Honduras y Chile. Que si México está obligado a ganar a Francia. No cabe duda: si yo fuera un mandamás, me encantaría el fútbol (para que lo vieran los demás, de modo que yo pudiera ocuparme libremente de asuntos más interesantes).

¡¡¡Oeeeee-oeeeee-oeeeee!!!

jueves, 10 de junio de 2010

Panem et circenses

Ha llegado la hora. El Mundial está aquí. Ahí dondo poso mi mirada, hay alguien cantando loas a la locura de la Roja. Cuando me asomo a Facebook, igualmente percibo la euforia del otro lado del Atlántico: el Tri jugará el partido inaugural contra Sudáfrica, e incluso el mismísimo presidente cansino, Felipe Calderón, viajará a Johannesburgo para estar presente en este magno acontecimiento. ¡Mé-xi-co!... ¡Es-pa-ña!... ¡Oeeee, oeeeee, oeeeee!

Sudáfrica ha gastado aproximadamente 2,500 millones de euros en la organización del Mundial, con miras a obtener ganancias que se calcula ascenderán hasta 6,100 millones. ¿Veremos justamente distribuida esta riqueza en un país donde la mitad de la población vive bajo la línea de la pobreza, y con una tasa de infección de VIH próxima al 20%? Adivina, adivinador...

Reconozco que mi pregunta es bastante ingenua, y que habrá quien me acuse de aguafiestas. No es agradable recordar el hambre ajena durante un ostentoso festín. A fin de cuentas, la función política del fútbol no consiste en atemperar las cuotas de desigualdad existentes en una sociedad determinada (¡obviamente!... basta con ojear la retahíla de ceros en los salarios de los futbolistas profesionales para constatarlo), sino en crear patrones artificiales de identidad y liberar tensiones sociales mediante formas de violencia ritual controlada.

El pasado 12 de mayo, precisamente, recibí una lección histórica sobre el poder del fútbol. En la mañana, José Luis Rodríguez Zapatero anunció en el Congreso de los Diputados unos recortes al gasto público sin precedentes en la historia de la democracia española. Algunas horas después, escuché gritos, y el clamor de bocinas ascendiendo desde las calles. Lo primero que me cruzó por la mente fue que espontáneamente había estallado una impetuosa protesta popular, y me asomé al balcón con la intención de aplaudir a los manifestantes. Claro que la protesta no fue tal: quienes armaban barullo en realidad festejaban que el Atlético de Madrid se proclamara campeón de la UEFA Europa League. ¿A quién le interesa que las pensiones sean congeladas, cuando se trata de celebrar el triunfo del equipo del pueblo?

Ahora, Zapatero planea aprobar una controvertida reforma laboral el próximo 16 de junio. En esa fecha, casualmente, España juega su primer partido en el Mundial, frente a Suiza. Así es el fútbol, así es el capitalismo... así es el mundo. Juvenal ya alude en sus Sátiras a la costumbre de los emperadores romanos de regalar trigo y entradas para el circo con objeto de mantener al pueblo distraído de los asuntos públicos. Panem et circenses. Por lo visto, no hemos aprendido mucho desde entonces.