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jueves, 20 de octubre de 2011

El Peor de los Meheecans

El pasado 12 de octubre se transmitió el noveno episodio de la decimoquinta temporada de la serie animada South Park, titulado "The Last of the Meheecans" (pronúnciese me-ji-cans). El relato en cuestión es una delicia humorística que enfila sus baterías contra la hipócrita política migratoria de los Estados Unidos. Quienes se encuentren en dicho país pueden disfrutarlo en línea en la página web de la aludida serie televisiva. El resto del mundo puede igualmente acceder al episodio en cuestión mediante una rápida visita al blog Latin South Park.

En México,  la prensa se ha volcado en comentar la   aparición (obviamente, caricaturizada) del presidente Felipe Calderón en la serie. Entre otros medios, los diarios Milenio y El Universal, así como el blog Animal Político han publicado alguna nota al respecto. No obstante, pese a que me causa pesar contrariar a tantos y tan diversos comunicadores, desde mi punto de vista la constitución de Calderón en personaje de South Park es meramente anecdótica. En cambio, además de la aludida crítica al discurso estadounidense sobre la migración latinoamericana (que conste que no me refiero sólo a la mexicana), me pareció especialmente relevante la supuesta sorpresa que expresan los caricaturescos telediarios de South Park ante la manifestación del "orgullo mexicano".

Evidentemente, Trey Parker -guionista y director de "The Last of the Meheecans"- pretende corroer con su ácido e irreverente humor el eterno provincialismo de los Estados Unidos, capaz de reconocer las salsas mexicanas pero ciego ante el vehemente nacionalismo de sus vecinos del sur, ocupados como están los gringos en la autocomplacencia que constituye la llamada land of the brave en el mismísimo paraíso terrenal. Y ya que hemos tocado el tema de los nacionalismos absurdos, justamente unos días atrás tuve noticia de un vídeo en el que, desde la tribuna universal de YouTube, un empresario mexicano-japonés escarba sobre uno de los más viejos tópicos del nacionalismo del país que me vio nacer: México, se dice, es una nación grande y los mexicanos lo son aún más, pero necesitan esforzarse en ser como los japoneses para alcanzar el destino que les ha sido prometido. Imagino que los lectores que no sean mexicanos -y alguno que otro de mis compatriotas- encontrará este aserto tan absurdo que sin duda pensará que estoy bromeando. Por desgracia, no es así. Tanto yo como el empresario mexicano-japonés hablamos absolutamente en serio. A las pruebas me remito.




Tras escuchar este apasionado discurso, me embargó una perplejidad inenarrable. Los deseos de reír y llorar me asaltaban alternativamente y en idéntica medida. Por una parte, reconozco que este empresario tan amante de México cuando menos ha podido vislumbrar que la arrogancia de las oligarquías ha convertido al país en un polvorín. Hay una implacable sensatez en su llamado: "Amigos oligarcas, si queremos seguir disfrutando de nuestros privilegios, tenemos que resignarnos a cagar en los mismos baños que nuestros trabajadores y, mejor aún, a velar porque siempre estén limpios". No obstante, para la desgracia de nuestro nacionalista orador, puedo prever que sus colegas oligarcas no prestarán la menor atención a sus palabras. Harán circular el vídeo por correo electrónico y lo difundirán en sus respectivos perfiles en Facebook, pero conservarán sus perfumados y excluyentes cuartos de baño (esperando, eso sí, que sean otros oligarcas quienes pongan en práctica el consejo).

Admito, entonces, cierta sensibilidad pragmática en este hijo de México. Sin embargo, por otra parte me he preguntado cuáles son los alcances del principio en el que, según nuestro mexicanísimo emprendedor, está fundada la honestidad del pueblo japonés: "si no es tuyo, entonces es de alguien". A esta regla de oro habremos de sumar la exigencia que formula para trascender "lo ordinario", aquello que (con cierto asquito) identifica con la jornada laboral de ocho horas: "dar el extra" que hace asequible lo extra-ordinario supone, desde su punto de vista, "ponerse la camiseta" (de la empresa, por supuesto). Claro que el razonamiento que subyace al discurso omite las preguntas marginales, esas que quedan en el silencio de lo implícito: ¿cuál es el origen de la propiedad que presuntamente reclama nuestro respeto sacramental? ¿merecen idéntica consideración los bienes públicos que benefician a todos los ciudadanos (como los paraguas del ejemplo con el que inicia la homilía) que la propiedad acumulada, digamos, mediante la especulación financiera? ¿Qué significa "ponerse la camiseta" de una empresa? ¿La empresa que exige "el extra", superar la jornada de ocho horas (concreción práctica de las "gotitas de estudio y trabajo" que tan tiernamente se reclaman) para convertir a México en la potencia mundial que supuestamente puede llegar a ser, será igualmente solidaria cuando sus trabajadores estén enfermos o hayan envejecido? ¿Serán las empresas quienes velen por las familias de sus trabajadores mientras éstos revientan y dejan la vida en pos de la presunta grandeza de México? ¿Se satisfacen las exigencias de la igualdad con la proporción de siete a uno en el reparto de la riqueza producida que propone este honesto empresario? ¿Acaso en esa proporción de siete a uno no van implícitas las ganancias que, según se nos dice, los empresarios japoneses no perciben en los primeros veinte años de operación de sus negocios? (admito también que estas dos últimas  interrogantes deben tomarse con una pizca de sal... lo cierto es que moderar  los rendimientos del capital es un consejo  sensato para la oligarquía mexicana, lo mismo que la exhortación a comenzar la jornada antes que los trabajadores y a concluirla después que ellos... pero, dada su  inherente prudencia, supongo  que uno y otra serán  olímpicamente ignorados). 

El cuento con el que concluye el discurso me parece particularmente perverso. ¡Qué noble y gentil gorrioncillo! ¡Qué cabrón y malvado elefante! Venga, meheecans: sacrifiquen su vida "por simple lealtad" a la maravillosa tierra que tan felices los ha hecho. Tierra de oportunidades: en el 2008, 18.2 millones de mexicanos vivían en condiciones de pobreza alimentaria. El Banco Mundial asegura que en América Latina se produjeron 8.3 millones de nuevos pobres producto de la crisis mundial del 2009; de éstos, la mitad corresponde a México. Esto significa que el número actual de mexicanos en condiciones de pobreza alimentaria podría ser, de acuerdo con esa información, de 22.3 millones. Tierra de cultura milenaria: el 94% de los municipios del país carece de librerías, y el índice de lectores de libros es uno de los más bajos de América Latina. Tierra de apasionado compromiso con las causas justas: según la Universidad Johns Hopkins, México tiene uno de los porcentajes más bajos del mundo de población activa ocupada en organizaciones civiles (0,04% en México; más del 2% en Perú y Colombia).

La muerte del gorrioncillo, dice el orador, habrá cobrado sentido en la medida en que al arriesgar su vida conmueva a Dios, quien en vista del abnegado sacrificio de la pequeña ave abrirá las compuertas de las mezquinas nubes y así apagará el incendio. Este final, empero, me parece poco probable. Yo seré el peor de los meheecans, pero no puedo evitar plantearme la hipótesis de que Dios no se conmueva y, consecuentemente, la esperada lluvia no sosiegue las llamas. También me imagino el final que Oscar Wilde hubiese dado al relato del empresario mexicano-japonés: el gorrión, a medio chamuscar, ciertamente concitaría la piedad de Dios. El fuego sería sofocado por una torrencial lluvia. Entonces volvería corriendo el elefante que, en la exaltación del retorno al feliz hogar que tanto le había permitido engordar, aplastaría al gorrioncillo, parcialmente sepultado en el lodo porque las llamas le habrían privado de las alas. Puesto que siempre es necesario que algún animalito se constituya en la víctima propiciatoria que asegure la divina compasión, el elefante inventaría un nuevo cuento: "Había una vez un bosque en el que llovió tanto, tanto (porque, según cuentan los más viejos entre los viejos, Dios intentaba apagar un incendio), que los ríos se desbordaron... todos los animales huyeron, pero un ratoncito tomó dos granitos de arena y, nadando contra la corriente, intentó oponer un dique a la furia de las aguas... pasó entonces un chacal, y le preguntó: '¿Ratoncito, no ves que te vas a ahogar? ¡Corre a las tierras altas, como hacemos todos los demás?' Y el ratoncito respondió: '¡No importa que me ahogue, porque este bosque me lo ha dado todo!'"... etcétera, etcétera. Ya  conocen ustedes el final. ¡Qué dulce, enternecedor ratoncito! ¡Qué hijo de puta es el chacal!

Pues yo, como Cyrano de Bergerac, diré al cuentista: Non, merci. Ni quiero ser gorrioncillo, ni me apetece convertirme en ratoncito. Lo dicho. Soy el peor de los meheecans.

PD. Curándome en salud, he de advertir a todos aquellos que ansían gustosamente correr la suerte del gorrioncillo y/o el ratoncito, que respeto sus apegos: sólo les ruego que no intenten persuadirme para que los comparta. A los elefantes y los chacales, les encargo que presenten mis más cordiales saludos a su progenitora. Al empresario mexicano-japonés, lo felicito. Me imagino que los trabajadores de su empresa disfrutarán de baños limpios y trabajarán jornadas de quince horas para mayor grandeza de la patria. Es usted un monstruo del capitalismo (interprete esto como elogio... o como lo prefiera).

martes, 19 de julio de 2011

Tantas Preguntas, Tan Pocas Respuestas

Algunos minutos atrás, dejé por un momento la traducción en que he invertido mi tiempo esta tarde y, para despejar mi mente por un momento del trabajo, he repasado los titulares de la prensa en las páginas web de diversos medios españoles y canadienses. Aunque sin duda heriré alguna susceptibilidad nacionalista, confieso que los periódicos mexicanos únicamente los miro una vez a la semana: primero, porque hasta donde alcanza mi memoria, el recuento del diario acontecer realizado desde los medios mexicanos suele prestar nula atención a cuanto sucede en el resto del mundo (en nahuátl, la voz México significa "ombligo de la luna", y ciertamente pocos países viven tan absortos en la contemplación de su ombligo, como aquel que me vio nacer); y segundo, porque los titulares mexicanos se han transformado a lo largo de los últimos años en un recuento de ejecuciones, asesinatos, violaciones y torturas sobre el que poco puede comentarse, salvo insistir en la patente imbecilidad de atacar el consumo de drogas como una cuestión de seguridad pública en vez de evaluarlo como un problema de salud, algo que ya he discutido en este blog, por ejemplo, cuando comenté las opiniones de Joaquín Sabina y Vicente Fox en torno a la estrategia seguida por la presente administración mexicana respecto al consumo de narcóticos, o cuando contrasté el posicionamiento del gobierno de Barak Obama con el de aquel presidido por Felipe Calderón con relación al mismo problema.

En fin: esa es harina de otro costal, y ahora mismo no me apetece revolcarme de nuevo en esos barrizales. De modo que, volviendo a mi (frustrado) momento de solaz durante la jornada laboral, reconozco que leer la prensa con miras a relajarse es una soberana estupidez. Ignoro qué tenía en la cabeza cuando la idea me cruzó por la mente. Es imposible tranquilizarse cuando, al margen de otros horrores bélicos, ecológicos y sociales, uno se entera que, por un lado, la crisis fiscal del euro continúa acentúandose (con España e Italia en el punto de mira de los especuladores) y, por otro, la situación en la otra orilla del Atlántico no es mejor en vista de las dificultades a las que se ha enfrentado Obama para conseguir que ciertos recalcitrantes miembros del Partido Republicano autoricen a su administración un incremento en sus límites de endeudamiento con miras a satisfacer sus necesidades inmediatas de liquidez.

Uno lee los titulares sobre la crisis y reconoce que ha sido lo suficientemente afortunado como para sobrellevarla con la seguridad de un empleo, techo y tres comidas diarias, pero al mismo tiempo vislumbra el barrunto de una espantosa tormenta que amenaza con hacer naufragar estas frágiles y aparentemente sencillas certezas, injusta y sistemáticamente negadas a millones de personas. El hecho de que, por el momento, la fortuna nos sea favorable no implica que el sistema capitalista de producción sea justo y, precisamente por ello, no nos exime de resultar  a la postre triturados entre los inclementes engranajes que lo mantienen funcionando. Y entonces, cuando estas ideas comienzan a calar en la conciencia, ante la desagradable sensación de que nuestra vida ya no depende realmente de nosotros que parece asentarse en las entrañas una multitud de preguntas taladra nuestras sienes.

¿Qué ceguera ha hecho presa de nuestro entendimiento para hacernos ver con naturalidad la absurda distopía en la que estamos inmersos? ¿En qué momento hipotecamos nuestro futuro en aras del culto hermético de la numerología? ¿Cómo fue que permitimos que unos oscuros sacerdotes, ocultos entre las sombras de sus inaccesibles templos, invoquen la prima de riesgo o el precio del barril del West Texas Intermediate (o del Brent o del Dubai, según la preferencia y/o el posicionamiento geográfico de los estimados lectores) para determinar quiénes serán inmolados en el altar de los sanguinarios dioses de los mercados? ¿Cuándo consentimos nuestro enclaustramiento en la esclavitud de la deuda y el consumo? ¿Quién ha sido el habilísimo charlatán que nos convenció de que trabajar más tiempo y con mayor entrega por menos dinero y con menos derechos constituye un arreglo justo en el mejor de los mundos posibles? ¿Cuándo comenzó la seducción de las pantallas -ahora con tecnología LED y hasta en tercera dimensión- que nos mantiene pasmados con las miserias y los ligues de artistillas y deportistas variopintos, mientras otros disponen de nuestro presente y porvenir? ¿Dónde están los héroes y las heroínas que precisa ahora mismo nuestra historia para enarbolar los antiguos poderes de la libertad, la igualdad y la fraternidad contra la infamia que nos oprime? En suma, ¿qué carajos estamos esperando para salvar nuestras vidas del abismo, antes de que sea demasiado tarde?

Tantas preguntas, tan pocas respuestas.

sábado, 5 de junio de 2010

Cohn-Bendit: Sensatez y Sensibilidad

La crisis sigue su curso destructivo: el nuevo Gobierno húngaro presidido por el conservador Viktor Orbán, elegido el pasado mes de abril, anunció ayer que el Ejecutivo anterior había manipulado las cuentas públicas, y que «no es una exageración» hablar de la suspensión de pagos de la deuda soberana del país centroeuropeo.  La convulsión se extendió inmediatamente por los mercados bursátiles. El Ibex se hundió un 3,8%, el Dax alemán cayó 1,91% y el londinense FTSE bajó 1,63%. El euro se depreció hasta 1,19 dólares, el nivel de cambio más bajo desde el mes de marzo de 2006.

La pertinencia de una nueva socialización de las pérdidas de los bancos mediante la inyección de capital público que compense sus pérdidas es una opción que ha comenzado a adquirir el prestigio de lo razonable (sotto voce... o no tanto) en los círculos de la opinocracia financiera. El problema, se dice, es que la incertidumbre provocada por la turbulenta situación económica de Grecia o Hungría (por citar un par de ejemplos) confluye inevitablemente sobre los bancos, cuyos balances están contaminados por los títulos de deuda emitidos por  tales países. Por supuesto, los Estados (y estoy hablando, ¡oh, ironía!, del llamado primer mundo) no están ahora en condiciones para hacer frente a un nuevo rescate bancario. ¿Cómo van a rescatar los bancos, si no pueden salvarse a sí mismos?

Para complicar un poco más la situación, la discusión y entrada en vigor de la normativa conocida como Basilea III ha sido aplazada por el G-20 hasta 2014 o incluso más allá. Dicha normativa pretende obligar a los bancos a mantener niveles de capital más elevados y de mejor calidad, de tal forma que sean más sólidos ante una eventual crisis y no necesiten ser rescatados con fondos públicos. La importancia de esta regulación se hace patente en cuanto consideremos que en las raíces de la actual crisis financiera internacional, precisamente, se encuentra una regulación inadecuada y laxa de los requisitos de capitalización de la banca.

En suma, las noticias de esta semana no han sido  particularmente buenas (y eso que no me he metido con el último happening del Estado israelí, que sin duda merece algún comentario sobre la indispensable diferenciación entre el inaceptable antisemitismo y la igualmente ineludible condena moral y jurídica que merecen los métodos de Israel). Sin embargo, la esperanza aparece en ocasiones donde menos confiamos que haga acto de presencia. Entre la vorágine de avaricia y desconfianza desatada por la crisis, el político franco-alemán Daniel Marc Cohn-Bendit ha  levantado recientemente una voz teñida de sensatez y sensibilidad  (virtudes que no están tan reñidas como supone Jane Austen) en el mismísimo Parlamento Europeo. El discurso pronunciado por Cohn-Bendit con motivo de la crisis griega es esperanzador, cuando menos, en dos sentidos: primero, porque quien se expresa con tal pasión y libertad por una causa justa demuestra que, a pesar de los pesares, la democracia aún no está perdida y, segundo, porque al evidenciar la locura capitalista ha hecho evidente que, en el plano de los principios, el proyecto socialista todavía vive en la medida en que, sencillamente, es la más razonable de las opciones políticas que se perfilan en nuestro futuro.

Sin mayores preámbulos, entonces, los dejo con Daniel Cohn-Bendit:


sábado, 15 de mayo de 2010

Uróboros: Semblanza de una Crisis Financiera (Viciosamente) Circular

Corren tiempos oscuros. Hasta el perenne optimismo de José Luis Rodríguez Zapatero se ha estrellado con la realidad de la última crisis del sistema capitalista de producción. Zapatero, según reportaba el diario El País el pasado día 13 de mayo, después de seis años de mandato como presidente del Gobierno español «atravesó ayer el Rubicón y cruzó una de las líneas rojas que él mismo había prometido no traspasar nunca: el recorte de gastos sociales».  Zapatero, en efecto, anunció en el Congreso que va a reducir el sueldo de los funcionarios una media del 5% este año y que no los subirá en 2011; congelará las pensiones el próximo ejercicio y suprimirá la ayuda de 2.500 euros por nacimiento (el famoso cheque-bebé), desde el 1º de enero. Con este conjunto de medidas, que se complementan con otra bajada de sueldo del 15% entre los miembros del Gobierno, cambios en las prestaciones de la Ley de Dependencia o recortes en la inversión pública y la ayuda al desarrollo, entre otras, el Ejecutivo español calcula que será capaz de cumplir el nuevo objetivo de reducción del déficit en cinco puntos del PIB de aquí al próximo diciembre.

Hasta donde llega mi corto entendimiento sobre tales cuestiones, este salvaje tijeretazo sobre el gasto público, aunque tardío, debería rendir efectos positivos sobre la atribulada economía española. El déficit influye en la colocación de la deuda pública española en los mercados internacionales. Si la deuda española no se vende, o alcanza un precio demasiado alto (como sucedió con Grecia), el Estado tendría gravísimos problemas de financiación para afrontar a corto plazo incluso las partidas de gastos corrientes (entre las que están, precisamente, las nóminas mensuales de los más de 3 millones de funcionarios públicos).


El problema estriba en que la mano invisible que mueve los mercados suele ser muy quisquillosa, y aún después de los drásticos ajustes al gasto público adoptados por la administración presidida por Zapatero, el Ibex 35 (principal índice de referencia de la bolsa española) cayó este viernes un 6,6 %. España parece irremediablemente atrapada en el perverso uróboros de la crisis financiera: los mercados no confían en la capacidad real de los gobiernos para realizar recortes presupuestales; los recortes obstaculizan la recuperación de la economía; y sin recuperación de la economía empeora el estado de las cuentas de los Estados.





Uróboros: La sepiente que se engulle a sí misma



¿Dónde empieza y dónde termina el círculo vicioso que impulsa la crisis financiera? Resulta curioso (para decirlo amablemente) que las soluciones planteadas para tranquilizar a los mercados rara vez afecten a los grandes capitales. Más de dos años después de la quiebra de Lehman Brothers (que tuvo lugar en octubre de 2008), aún no se han concretado las medidas necesarias para instrumentar un control público sobre los denominados hedge funds (también conocidos como «fondos de inversión libre»), que jugaron un rol crucial en el desencadenamiento de la actual crisis financiera. En suma, el panorama económico mundial invita a ceder ante la socarrona lucidez con la que El Roto, caricaturista de El País, resume la situación actual en la viñeta publicada el día de hoy:




La razón asiste a El Roto. En mayo de 2010, el espíritu de mayo del 68 parece absolutamente subvertido (¿o será mejor decir pervertido?): «¡La economía hace agua! ¡Arrojad a la población al mar!»  A menos que... la población apague el televisor (resulta ominoso que, un día después de que fuera anunciado el mentado tijeretazo, más de dos millones de espectadores se engancharan con el estreno de un reality titulado, justamente, «Mujeres Ricas»), afiance los pies firmemente en tierra, y se rehúse a abandonar la nave para salvar del naufragio a Lehman Brothers e instituciones anexas...

lunes, 19 de abril de 2010

Otra Raya al Tiger (Woods): Nike y la Beatería Empresarial

Tras pasar unos días desconectado del mundo en Santiago de Compostela (¡ah, Galicia, como dice Rosalía de Castro, competidora en clima e galanura cos países máis encantadores da terra!), constato que ha llegado a las pantallas de las televisoras españolas el polémico comercial filmado por el golfista Eldrick Tont "Tiger" Woods para la marca de artículos deportivos Nike. Woods, como es sabido, es considerado uno de los golfistas más importantes de todos los tiempos, casi a la par que Jack Nicklaus y Arnold Palmer: no sólo acumula catorce majors ganados en su haber, sino que en el año 2008 ascendió hasta los primeros sitiales del olimpo reservado a los deportistas mejor pagados del mundo, con unos ingresos estimados en ciento diez millones de dólares.

Auténtico hijo predilecto de la utopía anarco-capitalista a la Robert Nozick, donde los héroes del deporte se hinchan los bolsillos bajo los auspicios de un Estado mínimo, «limitado a las estrechas funciones de protección contra la fuerza, el robo, el fraude, el cumplimiento de los contratos, y otras similares» (Anarchy, State and Utopia, Oxford, Blackwell, 1974, p. ix), Woods fue agasajado por toda suerte de patrocinadores corporativos hasta que, hacia finales del 2009, sus infidelidades conyugales fueron descubiertas tras un absurdo accidente automovilístico que terminó con el Cadillac del golfista hecho trizas, sucesivamente estampado contra un seto, una boca de incendios y un árbol. Como era previsible, los malos teclados (venenosos sucedáneos posmodernos de las añejísimas malas lenguas) a sueldo de la prensa rosa encontraron una apetecible veta para incursionar en la intimidad de Woods a partir del incidente. Con mayor celeridad que la que uno podría esperar en un guepardo con diarrea, afirmaron que Elin Nordegren, la esposa de Woods, le había perseguido en un acceso de ira mientras blandía un palo de golf, provocando en consecuencia el accidente. Por supuesto, Woods se apresuró a desmentir esta rocambolesca historia. Quién sabe qué ocurrió en realidad, y a fin de cuentas tampoco debería interesarnos: quienes encuentren algún placer en vegetar ante el televisor para dar seguimiento a un torneo de golf, francamente no deberían preocuparse por los goces que su ídolo del momento persiga entre las sábanas.

Por desgracia, la cordura es poco realista (es una virtud utopística, habremos de decir para ceñirnos al espíritu de este blog). El escándalo suscitado por Woods y sus ligues prueba que los forofos del golf no sólo se deleitan en la fascinación de los vectores aderezados con las fuerzas combinadas de un buen swing y el viento, sino que también tienen un corazoncito deseoso de lapidar al primero que se ponga a tiro. A raíz de la mala prensa que le obsequiaron sus aventuras extramaritales, el 11 de diciembre de 2009 Woods publicó en su página web una nota en la que pidió perdón «a todo el mundo» (¡sic!) y anunció su retirada indefinida de los campos de golf con miras a «centrar su atención» en «ser mejor esposo, padre y persona». La forzada penitencia del golfista duró poco:  el pasado 5 de Abril retomó su actividad profesional  en el prestigioso torneo del circuito americano Master de Augusta, que se disputa en el Augusta National Club (Georgia, EE.UU).

Entre una y otra fecha, los contratos y patrocinios corporativos disfrutados por Woods menguaron progresiva e implacablemente. Gillette, Accenture, AT & T, TAG Heure, Gatorade y General Motors figuran entre las marcas comerciales que prudentemente optaron por distanciarse del golfista caído en desgracia. Bajo esta misma atmósfera de cacería de brujas y en un alarde de mojigatería sin precedentes, William Porter "Billy" Payne, presidente del Augusta National Club desde el año 2006, reprochó acremente a Woods sus amoríos en el discurso que pronunció con motivo del torneo anual auspiciado por dicha organización. Según Payne, en lo sucesivo, Woods «no será evaluado únicamente por su desempeño respecto al par» (el número predeterminado de golpes que un golfista necesita para completar un hoyo, una ronda o un torneo), sino también por «la sinceridad de sus esfuerzos para cambiar» en vista de que «nos ha decepcionado a todos (¡sic!) y, sobre todo, a nuestros hijos y nietos». Nótese que, en esta ocasión, la traducción que propongo es absolutamente precisa en lo que respecta al género de los sujetos involucrados: el Augusta National Club no admite mujeres en su seno. La indignación moral suscitada por los devaneos de Woods, por tanto, es un asunto exclusivamente viril: por lo visto, los miembros del Augusta National Club temen que sus descendientes falten a los sagrados votos del matrimonio (o, quizás, que sean tan torpes como para ser descubiertos mientras los quebrantan... pero esto, como diría el poeta, no lo sé de cierto, sino que sólo lo supongo).

El mismo día en que Payne arremetió públicamente contra los pecados de Woods, Nike (uno de los pocos patrocinadores que no ha renegado de sus vínculos con el golfista) inició en los Estados Unidos la transmisión del comercial al que aludí al comenzar estas líneas. Debo confesar que, en un principio, decidí pasarlo por alto: inmerso en delirios de grandeza, imaginaba a los tiburones de la agencia publicitaria Wieden + Kennedy entre carcajada y carcajada, al borde de la pérdida del control de esfínteres, mientras leían esta entrada en el blog. «MUA-JA-JA-JA-JA», clamaba el perverso yuppie que protagonizaba mi fantasía megalómana (subrayo el onomatopeya, ad hoc a la avaricia capitalista), «otro ingenuo que se suma gratuitamente a nuestra campaña». Una segunda reflexión sobre el asunto, empero, me llevó a modificar mis puntos de vista sobre el asunto: Nike y sus esbirros (esto es, los creativos mercenarios de Wieden + Kennedy) parecen estar plenamente seguros de que el público consumidor es estúpido y manipulable. Cualquier contribución para sacudir sus arrogantes y engominadas cabecitas con una dosis de resistencia analítica, por tanto, merece la pena.

Al margen de la innegable vileza ética que rezuma, la estética y la semiótica involucradas en el comercial son sencillamente geniales: el espectador se encuentra ante una imagen en blanco y negro del rostro de Tiger Woods, ataviado con una gorra y un chaleco que ostentan el logotipo de Nike. La expresión de Woods transmite una afectada contrición, mientras escuchamos una voz masculina que le reprende cariñosamente:





«Tiger...
Soy más propenso a ser inquisitivo, a promover la discusión...
Quiero saber qué estabas pensando, quiero saber qué sientes...
¿Aprendiste algo?»
El hombre que aparentemente se dirige a Woods es su padre, Earl Woods, fallecido el 3 de mayo de 2006 a raíz de complicaciones surgidas de un cáncer de próstata. En el relato épico construido en torno al golfista, Earl Woods representa la figura del mentor e inspirador. Es extremadamente significativo que no aparezca en el comercial, sino que sea el espectador quien asume su posición. De esta manera, cada televidente reprocha a Woods sus andanzas amorosas. Pocos días antes de la transmisión del comercial, Woods aparentemente había manifestado el deseo de ser considerado una «buena inversión» al mismo tiempo que lucha por ser «mejor persona». Nike ha cumplido estos íntimos anhelos del golfista al investirnos cobardemente con la autoridad moral para juzgar y perdonar al adúltero. Y es que, en estas materias, parece virtualmente imposible encontrar a alguien que (muy evangélicamente), por encontrarse libre de pecado, esté legitimado para arrojar la primera piedra. Ciertamente, no concibo a Nike o a Wieden + Kennedy como adustos (aunque conciliadores) guardianes del decoro público. Tampoco comprendo cabalmente -y pido disculpas por mi estulticia- la indignación moral de los augustos golfistas representados por Billy Payne, entre los que se cuentan algunos de los principales ejecutivos de los mayores bancos de inversión del mundo. ¿Qué tendrá mayor interés ético para el público, las desaforadas hormonas del señor Woods, o las inversiones offshore y el multimillonario rescate bancario con se saldó la última gran crisis del capitalismo financiero?

La patética beatería empresarial inscrita en el comercial del regaño que nos ocupa resulta acentuada por el hecho de que el discurso de Earl Woods aparece totalmente fuera del contexto en que fue proyectado. Las palabras adoptadas por Wieden + Kennedy para reñir al golfista proceden del documental Tiger: The Authorized DVD Collection, distribuido por Buena Vista Home Entertainment en el año 2004. En la escena original, Earl Woods contrasta su propio temperamento con el de Kutilda, la madre de Tiger. El padre de Woods sostiene que Kutilda es «autoritaria», mientras que él, por el contrario, es «más propenso a ser inquisitivo, a promover la discusión», a indagar (con relación a su hijo) «qué estabas pensando» o «qué sientes» y, sobre todo, a averiguar si «aprendiste algo». Earl (en ese entonces con 72 años de edad, y visiblemente consumido por el cáncer) concluye a continuación: «Éramos dos tipos [de persona] distintos, pero coexistimos bastante bien».

La iniciativa publicitaria de Wieden + Kennedy debería alertarnos sobre el terrible poder seductor que el dinero es capaz de ejercer. En su sueño republicano, Jean-Jacques Rousseau previó que sólo podría existir igualdad ahí donde «ningún ciudadano sea suficientemente poderoso para comprar a otro, ni ninguno bastante pobre para forzarse a venderse», porque «entre ellos se realiza el tráfico de la libertad pública: unos la compran, otros la venden» (Du Contrat Social, ou Principes du droit politique, Libro II, Capítulo XI). Rousseau se equivocaba. Tiger Woods no es precisamente un indigente, y a pesar de ello no tuvo empacho en vender su dignidad para promover la sexualidad á la MTV que acomoda a la gazmoñería corporativa, conforme a la cual la insinuación puede llevarse hasta el límite porque así se perpetúa la tentación de lo prohibido, pero ceder ante ella constituye una transgresión intolerable que sólo puede purgarse mediante una flagelación mercadotécnica. Me parece que la única respuesta razonable frente a la burda campaña moralizante instrumentada por Nike es una revolucionaria carcajada. En su conjunto, el affaire Woods es tremendamente ridículo. Lo siento, señor Woods (y patrocinadores anexos): no tengo autoridad para sermonearle porque me importa un comino su vida sexual, que sólo atañe a usted y a las personas directamente involucradas en ella. Aunque usted quiera vender su libertad, yo no se la compro. Páselo bien (como mejor le parezca) y, por favor, déjeme en paz.

domingo, 11 de abril de 2010

El Retorno del Unicornio Azul: Socialismo y Libertad

No me avergüenza confesarle al mundo entero (bueno... de vez en cuando, cierta megalomanía resulta sana... pero, en aras de la precisión, rectifico: a los tres lectores de este blog) que Silvio Rodríguez representa uno de los grandes referentes en mi iconografía política y cultural. Entre las dedicatorias de mi tesis de licenciatura, hay una dirigida a él. «A Silvio Rodríguez Domínguez», puedo leer en aquel texto que escribí prácticamente diez años atrás, «porque el espíritu de su música está impreso en cada rincón de mi pensamiento». Silvio, amo de las palabras: siempre parecía tener alguna a mano para dar cuenta de mis amores, mis iras, mis ansias de justicia y de revolución. Cuando vine a España, rehusé vehementemente lastrar mi equipaje con música ranchera y/o sones de mariachi, según aconsejaban (con toda buena fe, eso sí) muchos de mis compatriotas patrioteros. En cambio, en el salto sobre el Atlántico me acompañó la colección (casi) completa de obras de Silvio Rodríguez, con algunas muestras selectas (debidamente enriquecidas más tarde, a lo largo de mi larga estancia en Europa) del genio de Bach, Beethoven, Schubert o Mozart. Puedo asegurar que, a la fecha, me siento enteramente satisfecho por aquella decisión.

El pasado 26 de marzo, durante la presentación en La Habana de su último disco -titulado Segunda Cita-,  Silvio  (tan cercano ha sido a mi vida, que me resulta virtualmente imposible eludir la familiaridad cuando me refiero a él) reconoció que Cuba «pide a gritos» una profunda transformación de su régimen socialista, aunque también aseguró que sigue teniendo «muchas más razones para creer en la revolución que para creer en sus detractores». Según indicó Silvio, «este es un momento en que sí, la revolución, la vida nacional, el país pide a gritos una revisión de montones de cosas (...) desde conceptos hasta instituciones».

Al igual que Silvio, Pablo Milanés ha intervenido recientemente en el debate sobre la necesidad de un cambio en Cuba con opiniones muy francas. Desde España, Milanés reclamó en los primeros días del propio mes de marzo que su país «avance con ideas y hombres nuevos» y haga «otra revolución», ya que «el sol enorme que nació en el 59» se llenó de manchas al «ponerse viejo». Ahora más que nunca -en vista de desastres inminentes como los que se barruntan en el experimento venezolano- es preciso prestar oídos atentos a estas voces, que (cada una a su manera) nos advierten que no hay socialismo posible sin respeto a las libertades fundamentales: la personal (que incluye los derechos a no ser detenido arbitrariamente y a ser juzgado conforme a los principios del debido proceso); la de prensa y opinión; la de reunión y, finalmente, la de asociación (por virtud de la cual es factible constituir aquellas agrupaciones que, como los sindicatos o los partidos, constituyen una de las principales garantías del pluralismo político).

Precisamente, la necesidad de rescatar la utopía y revivir los viejos (y justos) ideales socialistas al reconocer, con valentía, que es necesario revisar las vías y los medios autoritarios que fueron empleados para su instrumentación en Cuba, ha sido bellamente expresada por Silvio en una canción titulada «Sea Señora». Desde mi punto de vista, en este tema Silvio retoma con renovado espíritu revolucionario su propuesta poética original. El Unicornio Azul ha vuelto, y se dirige a nosotros en los siguientes términos:

Sea señora la que fue doncella.
Hágase libre lo que fue deber.
Profundícese el surco de la huella;
reverdézcanse sol, luna y estrellas
en esta tierra que me vio nacer.

A desencanto, opóngase deseo.
Superen la erre de revolución.
Restauren lo decrépito que veo,
pero déjenme el brazo de Maceo
y, para conducirlo, su razón.


Seguimos aspirantes de lo mismo
que todo niño quiere atesorar:
una mano apretada en el abismo,
la vida como único extremismo
y una pequeña luz para soñar.


Las fronteras son ansias sin coraje.
Quiero que conste de una vez aquí.
Cuando las alas se vuelven herrajes,
es hora de volver a hacer el viaje
a la semilla de José Martí.



El sueño no ha perdido su encanto: las cuentas que tenemos pendientes con la justicia bien justifican que, hoy como el 21 de febrero de 1848 (fecha en que se publicó el Manifiesto Comunista), podamos afirmar que el fantasma del socialismo recorre el mundo. No obstante, el hecho de reconocer los innegables horizontes utópicos que históricamente representó el socialismo –y que aún proyecta para muchas personas- no debe hacernos perder la necesaria distancia crítica para imponer un juicio de desvalor sobre sus vertientes autoritarias. Sería una necedad negar a estas alturas del siglo XXI que, en aquellos casos en que se descuidó el delicado equilibrio entre la libertad y la igualdad, el buen lugar (esto es, la eu-topía) que anunciara el socialismo ha trocado en una pesadilla. La democracia puede prescindir del capitalismo, pero no de las libertades fundamentales.

Cuando las alas se vuelven herrajes, Silvio opta por José Martí. Sin menospreciar su elección (¡cómo no rendirse ante Martí!), empero, yo prefiero volver mi mirada hacia Ernst Bloch, filósofo marxista de la esperanza y la utopía que, en los tiempos duros de la Guerra Fría y la Unión Soviética (esto es, cuando realmente resultaba riesgoso sustentar semejantes puntos de vista) afirmara que «la bandera de los derechos humanos tiene que ser por doquiera la misma, tanto la que alzan los trabajadores como derecho de resistencia en los países capitalistas, como la que enarbolan en los países socialistas como [medio para] la construcción del socialismo, como derecho e incluso obligación a la crítica de esta construcción». La promesa del socialismo sólo vale en la medida en que haga efectiva la aspiración de una efectiva igual libertad para todos: una liberación de la opresión causada por la desigualdad económica y sus efectos, pero también de la enajenación impuesta por los tiranos de cualquier cuño (aunque se llamen a sí mismos «socialistas»).

viernes, 9 de abril de 2010

Minúsculos Agujeros Negros (y otros que no lo son tanto)

Esta semana, el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) ha vuelto a hacer saltar las alarmas apocalípticas. Una de las preocupaciones más extendidas entre algunos sectores de la opinión pública sobre este dispositivo situado entre Suiza y Francia es la posibilidad de que forme un agujero negro que atraiga toda la materia a su alrededor y pueda destruir el planeta. Aunque esta teoría es rechazada por la aplastante mayoría de la comunidad científica, recientemente ha recibido renovados impulsos: los investigadores Matthew Choptuik (University of British Columbia, Vancouver) y Frans Pretorius (Princeton University, New Jersey) aseguran que las ecuaciones en su día formuladas por Albert Einstein confirman que es posible que un agujero negro aparezca durante las colisiones de partículas a muy alta energía que prepara la llamada «máquina de Dios».

Los susodichos agujeros serían muy pequeños y difíciles de detectar. Además, se evaporarían casi al instante, lo que hace aún más difícil notar su presencia. Según los autores de la investigación (publicada hacia mediados de marzo en la revista Physical Review Letters), la búsqueda de tales agujeros debe enfocarse sobre los escombros que salen disparados de las colisiones. Para descubrirlos, los científicos deberían estar atentos a la presencia de formas esféricas.

Quizás pueda parecer irreverente, pero la descripción del fenómeno me ha hecho pensar en los agujeros    portátiles marca Acme con los que Wile E. Coyote infructuosamente intentaba, una y otra vez, reducir al indómito Correcaminos. No cabe duda: el mundo es mágico y multicolor, de modo que la realidad constantemente supera los más alocados productos de nuestra imaginación.

Los agujeros negros portátiles del LHC han arrebatado protagonismo a otros oscuros abismos que indudablemente resultan más peligrosos. Y es que esta  misma semana Lloyd Blankfein y Gary Cohn, voceros del gigante financiero Goldman Sachs, han negado vehemente en una carta dirigida a sus accionistas que dicha institución haya apostado en contra de sus clientes para incrementar sus dividendos, o que se haya beneficiado con el dinero público del rescate financiero pagado por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Goldman Sachs cerró el pasado ejercicio con unas ganancias de 13.400 millones de dólares (9.500 millones de euros), de las que 4.950 millones (3.510 millones de euros) corresponden al cuatro trimestre. Este holding bancario (estatus que adoptó en otoño de 2008 para beneficiarse de las medidas de rescate de la Reserva Federal y el Tesoro) facturó en 2009 -el año de la gran recesión- 45.170 millones de dólares (32.043 millones de euros). Es (junto a JP Morgan Chase) la institución financiera que mejor ha sorteado la crisis: incluso aprovechó el clima adverso para hacer dinero. La entidad recibió 10.000 millones (7.093 millones en euros) del fondo de rescate financiero, que se apresuró en devolver para liberarse de las restricciones que le imponía el Tesoro de EE UU.

Ahora, la firma destinará 16.200 millones (equivalente al 36% de sus ingresos) a pagar las remuneraciones de sus directivos y altos ejecutivos. De ahí la insistencia de sus lacayos en lavarse las manos: a toda costa pretenden evitar que se haga evidente que las instituciones que recibieron ayudas públicas hacen dinero y pagan primas a sus empleados con lo que salió del bolsillo del contribuyente, mientras el desempleo, los embargos judiciales y los desahucios se ceban de millones de familias.





Así son los agujeros negros producidos por el capitalismo. Enormes, voraces, crueles. No obstante, intentemos ver las cosas por el lado positivo: para detectarlos, no es preciso un sofisticado instrumento como el LHC. Basta con un poco de conciencia. Y, para eliminarlos (si sabemos organizarnos adecuadamente), es más que suficiente el ejercicio de la ciudadanía.

PD. Para el caso en que Choptuik y Pretorius lleven razón, creo que más vale prevenir que lamentar, tal como aconseja el refrán valenciano oportunamente invocado a este respecto por un buen amigo: "Folleu, folleu qu'el mon s'acaba"...