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lunes, 29 de abril de 2013

Casi dos años después


 

Heme aquí, prácticamente dos años después, volviendo a las andadas. Creo que, tras tan prolongada ausencia, lo mejor para refrescar la memoria será recordar el sentido y alcance del término utopística, que estructura e informa cuanto se escribe en esta bitácora. La utopística, según Immanuel Wallerstein (quien acuñó el término en su obra titulada Utopistics: Or Historical Choices of the Twewnty-First Century), consiste en «la evaluación seria de las alternativas históricas, el ejercicio de nuestro juicio en cuanto a la racionalidad material de los posibles sistemas históricos alternativos». Dicho en otras palabras, la utopística persigue «la evaluación sobria, racional y realista de los sistemas sociales humanos y sus limitaciones, así como de los ámbitos [de la realidad] abiertos a la creatividad humana». La utopística, consecuentemente, no trata de desvelar  «el rostro de un futuro perfecto (e inevitable), sino el de un futuro alternativo, realmente mejor y plausible (pero incierto) desde el punto de vista histórico».
 
En realidad (como lo expresé en la entrada inaugural de este blog), aquello de reconocerse utopístico, en el fondo, no es sino permanecer fiel al espíritu de los viejos utopistas que, al transitar por los paradójicos senderos de la esperanza, siempre han teñido sus proyectos de un mundo mejor con sendas dosis de realismo y -así lo hacen los más sagaces, desde mi punto de vista- un lúcido pesimismo militante. No hay utopía posible en la medida en que seamos incapaces de reconocer que este mundo está lejos de ser medianamente bueno y tolerable. De modo que, quienes se acerquen a estas páginas, ya saben a qué se atienen. Llámenme (de nueva cuenta) utopístico.
 
PD. Para los lectores de habla castellana, la traducción de la obra de Immanuel Wallerstein previamente mencionada puede consultarse en el sitio web del Instituto Provincial de la Vivienda de Mendoza, Argentina. Por qué se interesa dicha institución en difundir textos filosóficos, no me lo pregunten (aunque, desde mi desconcierto, aplaudo la decisión). Y luego vienen los (supuestos) realistas a negar que la realidad es más extraña que la ficción.
 
 
 
 

 
 

 
 
 

 
 

sábado, 17 de julio de 2010

Crónica Musical de un Doctorado

Quienquiera que haya entrado en el blog a lo largo de las últimas semanas habrá advertido que estaba francamente descuidado y acumulando polvo desde el pasado 30 de junio. Un efecto colateral del verano español, aderezado este año con temperaturas que algunos días han superado los cuarenta grados a la sombra. Esta mañana, empero, mi pereza mental se ha visto sacudida y despejada a la vista de la maravillosa creatividad desplegada por un grupo de jóvenes investigadores de la Universitat de Barcelona, quienes han colgado en YouTube un musical paródico titulado «La Tesis», cuya trama aborda los goces y desventuras que trae aparejada toda aventura doctoral.

Idealmente, al igual que los hieráticos científicos de la New Atlantis proyectada por Francis Bacon (1561-1626), quien decide embarcarse en un doctorado debería contar con la vocación y los medios para contribuir al «conocimiento de las causas y secretas mociones de las cosas, y el engrandecimiento de los límites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles» (Three Early Modern Utopias, edición de Susan Bruce, Oxford, Oxford University Press, p. 177). Las realidades universitarias, empero, distan enormemente de la utopía baconiana, tan vieja y tan actual como la aspiración de la transformación benévola e ilustrada de la sociedad por medios científicos. Sirvan como ácido diagnóstico de la crisis que atraviesa la universidad los seis episodios en que se divide «La Tesis». Si, después de verlos, mis amables lectoras y lectores experimentan una tensa indecisión entre la sonora carcajada y el llanto desconsolado... no se preocupen, significa que no han perdido la cordura.


Primer Episodio: La Decisión



Segundo Episodio: La Financiación



Tercer Episodio: La Ilusión



Cuarto Episodio: La Estancia (en catalán)



Quinto Episodio: La Histeria



Sexto Episodio: La Escritura



PD. Para el caso en que, aún después de estos vídeos, alguien lo dude... en efecto, es probable que cursar un doctorado no sea la mejor decisión financiera que un individuo pueda tomar en su vida. Quien aspire a ser rico, que se dedique a banquero (o, cuando menos, que asegure el título doctoral en la Ivy League). Pero, como afirmara Galileo Galilei en su célebre Terza Lettera circa le Macchie Solari: «en la ciencia, la autoridad de miles de opiniones no vale lo que la chispa de razón en una sola persona». Eppur si muove: la belleza y la dignidad del conocimiento, bien valen los desengaños doctorales.

lunes, 21 de junio de 2010

Entre José Saramago y Carlos Monsiváis

Tras una noche de absoluto insomnio que, para mi mala fortuna, coincide con el lunes que inaugura el verano (¡empiezo a notar el calor!), confieso que apenas poseo la coordinación indispensable para endulzar mis acostumbradas tazas de té vespertinas. Esta tarde, el ingenio parece absolutamente fuera de mi alcance. Pido disculpas, entonces, por mi total sumisión a la cursilería del lugar común cuando afirmo que, en este mes de junio, la república de las letras se ha vestido doblemente de luto: en una semana y con apenas un día de diferencia, murieron José Saramago y Carlos Monsiváis.

Mi insomnio no es excusa para pasar por alto estas ausencias. Sin embargo, tampoco lo es para redactar una esquela bloguera que no esté a la altura de las circunstancias. Opto, entonces, por una simple expresión de mi duelo personal por aquéllo que he amado en ambos escritores: Saramago, extrañaré tu estilo austero, tu compromiso solidario con los débiles, tu lúcida inquisición sobre los mitos fundacionales de Occidente (aunque L'Osservatore Romano pretenda polemizar con tus cenizas y, cobardemente, ahora que ya no puedes replicar, te tache de populista extremo e ideólogo antirreligioso). Monsiváis, extrañaré tu ironía brillante y tu mirada ácida sobre la sociedad mexicana, aunque igualmente seguiré criticando aquella tendencia tuya a rendirte sin reservas frente a las modas e ídolos coyunturales del parnaso progresista.

Entre Saramago y Monsiváis, mi identidad y mi futuro se tensan hasta prácticamente amenazar con el desgarro. Creo, como Saramago que «en la sociedad actual nos falta filosofía [...] necesitamos el trabajo de pensar» porque «sin ideas, no vamos a ninguna parte» (Otros Cuadernos de Saramago, Junio 18 de 2010). No obstante, también soy consciente de que mi flamante doctorado no entraña necesariamente una posibilidad real de contribuir a la justicia en este mundo, y mucho menos en México. El inconsciente me susurra con esa socarronería típica de Monsiváis: el intelectual latinoamericano up-to-date normalmente está «hastiado de las tenebrosidades y brumas del cubículo, y del tema de tesis explotado hasta la saciedad en congresos donde nadie escucha y todos se promueven», puesto que prefiere en cambio constituirse en «hombre [o mujer, habremos de añadir nosotros] de acción, que acumula conocimientos durante una década con tal de gobernar —en algún nivel— las dos siguientes». Quienes me han precedido en la carrera académica y ahora se han incorporado a la burocracia dorada en cualquiera de los tres poderes no dejarán de reconocer la amarga verdad denunciada por Monsiváis: ante la disyuntiva entre «las muchedumbres elitistas en la cumbre, o la plebe insolente en las calles», las horneadas de doctores (en España nos producen en serie, y por eso nuestros títulos están ligeramente devaluados frente a la auténtica élite procedente de la Ivy League) suelen tener claro que «el problema verdadero de México no es renegociar triunfalmente la deuda externa hasta el fin de los tiempos, ni la inútil existencia de la oposición, ni la sobreabundancia de nacos, sino algo realmente mágico: cada seis años sólo hay un Presidente». La pregunta del millón, entonces, es la siguiente: «¿Cómo es posible esa mezquindad, un solo Presidente si cada año terminan el posgrado cientos de jóvenes intelectuales dignos del cargo, y si en un país del Tercer Mundo, un puesto inferior a Presidente, es un nombramiento devaluado?» ("Para un cuadro de costumbres: De cultura y vida cotidiana en los ochentas", Cuadernos Políticos, número 57, México, mayo-agosto de 1989).

Me niego a convertirme en sujeto de las sátiras de Monsiváis. Dondequiera que me lleve la vida, y en un ejercicio de testaruda ingenuidad quizás inexcusable en los días que corren (la crisis suele ensañarse en primer término con la investigación en el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades), elijo quedarme con la Universidad: con el pensamiento sosegado, con la docencia, con las ponencias y los artículos que, con toda probabilidad, muy pocos leerán. A pesar de sus intrigas cortesanas, me quedo con la Universidad porque, como apuntara Saramago, hoy más que nunca necesitamos la filosofía como espacio, lugar y método de reflexión. Y también porque es posible hacer filosofía (¡o, mejor aún, hacer Universidad!) bajo el severo imperativo ético definido por el propio escritor luso: «Las miserias del mundo están ahí, y sólo hay dos modos de reaccionar ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo —y esto es cierto—, o bien asumir que, aun cuando no está en nuestras manos resolverlo, hay que comportarnos como si así lo fuera» (Otros Cuadernos de Saramago, Junio 15 de 2010). Con toda buena fe estoy convencido de que esa actitud es, justamente, el combustible que requiere la construcción efectiva de la utopía aún bajo el imperio del capitalismo tardío.


José Saramago y Carlos Monsiváis (Acteal, México, marzo de 1998). Fotografía publicada en La Jornada en su edición del domingo 20 de junio de 2010.


domingo, 30 de mayo de 2010

Un Crudo Diagnóstico, Una Oportunidad para la Esperanza

Una nota sobre la España Post-Tijeretazo. Apenas una semana después de que el Ecofin (el Consejo de Asuntos Económicos y Financieros de la Unión Europea, integrado por los Ministros de Economía y Finanzas de los 27 estados miembros de la Unión, así como los Ministros de Presupuesto cuando se discuten cuestiones presupuestarias) aprobase imponer mayores controles sobre los hedge funds con un criterio de oportunidad que recuerda al refrán castellano que censura tapar el pozo después de que el niño se hubiese ahogado, el Partido Socialista Obrero Español aprobó en solitario y por un solo voto el real decreto-ley de medidas de ajuste del gasto público que aprobó el Gobierno español el pasado jueves. Con motivo del ambiente enrarecido que ha dejado el maremoto económico de las últimas semanas, un buen amigo mexicano ampliamente versado en cuestiones españolas me ha hecho llegar en un correo electrónico su lacónico (¡y durísimo!) diagnóstico sobre la situación actual en esta orilla del Atlántico (espero que pueda perdonar mi ciber-indiscreción, pero su lucidez me impresionó a tal grado que realmente estimo imprescindible compartirla con los tres lectores de este blog):

«La crisis económica siempre trae consigo su pathos destructivo que anida en la mente de la gente sin que se dé cuenta. Jamás volverá la España dorada del felipismo y su optimismo falsamente cosmopolita y turbiamente democrático, mucho menos la fantasía ostentosa del Aznar. La ideología galáctica que infestó al fútbol y a la política, a la cultura y la economía, se ha convertido en la escena darwinista más feroz. Ni modo, hay que salvarse de alguna forma».

A diferencia de mi amigo, me gustaría figurar para esta tierra un futuro más allá del sálvese quien pueda por dos razones. La primera es, sin mayores preámbulos, eminentemente práctica: mi vida actual está fincada en España. La segunda, en cambio, apela a esas razones del corazón que hoy en día han perdido tanto prestigio, pero que (creo) todavía valen en la medida en que sean ponderadas con un poco de buena fe. Después de ocho años por estos lares, uno acaba tomándoles cariño, y ciertamente me gustaría que la crisis tuviese un desenlace esperanzador. Quizás sea una buena noticia que los tiempos pasados no puedan repetirse. Utopía es novedad: anticipación de un mañana mejor, en que (¡ojalá!) los ciudadanos y las ciudadanas votarán por aquellos programas e idearios que consideren auténticamente emancipadores, y exigirán a los políticos que los representan que obren en congruencia con ellos, en vez de dejarse seducir por las consignas vacías o los rencores viscerales que nutren la metáfora caníbal de las dos Españas*.

PD. A los amigos y las amigas en Colombia: hoy toca votar. Con todo cariño, les deseo que mañana, a esta hora, la Esperanza (que es el motor ético de la utopía) haya tocado a las puertas de su democracia...


* Me refiero, por supuesto, a la inquietante imagen del conflicto fratricida latente en el célebre poema machadiano: «Ya hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza/ entre una España que muere/ y otra España que bosteza/ Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón».

martes, 18 de mayo de 2010

A Vueltas con Mozart: De Baby Einstein a la Revolución Francesa

Tras varias jornadas entregado al comentario de temas eminentemente sórdidos y/o distópicos, me ha invadido la ingente necesidad de volver a las raíces utópicas de este espacio bloguero. Puesto que, además, los próximos días estaré ausente, enclaustrado en un congreso sobre teoría del Derecho en la ciudad de Girona, he decidido cerrar la semana con una entrada sobre algún tema musical. De este modo, procuraré a los tres lectores del blog un buen sabor de boca y, al propio tiempo, rendiré un veloz homenaje a la música, llamada por Ernst Bloch la más utópica de las artes.

En el año 1993, a raíz de la publicación en la revista Nature de un estudio  sobre la relación entre la música y nuestra capacidad de razonamiento espacial, se esparció a lo largo y ancho del planeta la convicción de que los bebés menores de tres años que escucharan el primer movimiento de la Sonata para Dos Pianos en Re Mayor, K. 448, de W. A. Mozart, verían más desarrolladas sus capacidades intelectuales. Esta creencia fue bautizada como «el efecto Mozart», y suscitó un auténtica avalancha de productos comerciales presuntamente educativos destinados a los bebés. Entre los fabricantes y distribuidores más visibles de dichos productos se encuentra la compañía Baby Einstein, adquirida por Walt Disney en 2001 (cabe recordar, entre su oferta pedagógica, el inefable CD titulado «Baby Mozart» que, por supuesto, incluye en su repertorio la pieza musical antes mencionada).


Ahora, un equipo de psicólogos de la Universidad de Viena ha rebatido esta tesis con el que dicen es el estudio más comprehensivo que se ha realizado sobre esta materia hasta la fecha. Los psicólogos austriacos han expuesto a 3000 sujetos a la antedicha sonata, pero no han encontrado cambios significativos en sus habilidades cognitivas. Los resultados de su investigación han sido publicados en el número de la revista Intelligence correspondiente a este mes, y muestran que el mero hecho de escuchar música de Mozart no permite observar mejoras en las facultades de los sujetos expuestos a ella.

El «efecto Mozart» se hizo tan famoso que llevó la pieza musical en cuestión hasta las listas de superventas. El Gobernador del estado de Georgia, en los Estados Unidos, incluso llegó al extremo de regalar a cada madre primeriza un CD de música clásica en 1998. No obstante, numerosos científicos llevan años poniendo en duda la realidad del «efecto Mozart» (una postura que incluso ha encontrado respaldo, en fechas relativamente recientes, en la propia revista Nature). Hoy difícilmente podríamos afirmar que la música clásica nos convierte en personas más inteligentes. De hecho, Baby Einstein ha convenido en reembolsar el precio de sus productos a quienes, con la falsa esperanza de formar un genio en la familia, los adquirieron entre el 5 de junio de 2004 y el 4 de septiembre de 2009.

Llámenme necio, entonces: a pesar de los pesares, yo quisiera reivindicar el valor pedagógico de Mozart. Liberado del pesado fardo de Baby Einstein, el compositor austriaco puede revelarse como un músico indispensable en los tiempos que corren. Le nozze di Figaro, ossia la folle giornata, (K. 492) debería ser la ópera de cabecera para todo trabajador acosado por la crisis. Inspirada en La Folle Journée, ou Le Mariage de Figaro (1778), pieza teatral escrita por Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, esta obra -que ninguna compañía operística osaría excluir de su repertorio- fue estrenada el 1º de mayo de 1786, escasos tres años antes del inicio de la Revolución Francesa. Justamente, el espíritu revolucionario se anticipa, latente, agazapado en los acordes de Mozart y los versos con los que su guionista, Lorenzo da Ponte, da vida al duelo amoroso entre el conde Almaviva y su criado Figaro, que habrá de resolverse a favor del ingenio de este último.

En Le nozze di Figaro, como podría esperarse en todo conflicto de clases, la conciencia de la injusticia viene de abajo. «Bravo, Signor padrone», musita Figaro enfadado desde el principio del primer acto, cuando su prometida Susanna le hace saber que sospecha que el conde ha dispuesto sus habitaciones muy próximas a la suya con miras a  seducirle con mayor facilidad. A continuación, Figaro entona un minuet burlesco y, a la vez, amenazante, que miniaturiza al amo: «Se vuol ballare, Signor Contino». El conde desea bailar: que así sea, pero Figaro decidirá la música y el ritmo.



En el Tercer Acto, el conde responde con un soliloquio recitativo y un aria («Hai gia vinto la causa») rebosante de ira y violencia. No sólo su lujuria, sino también su sentido del orgullo y las jerarquías sociales, han sido profundamente ofendidos por los planes para mantener a Susana a salvo de sus garras. «Vedro, mentr'io sospiro, Felice un servo mio» («¿Porqué he de suspirar frustrado, mientras es feliz un siervo mío?»), se pregunta con amargura.



Al final, los deshonestos deseos del conde son puestos en evidencia mediante el ardid del disfraz (la condesa y Susanna, patrona y sirvienta respectivamente, intercambian sus vestidos), allanando así el camino hacia la reconciliación final, el momento más sublime de la ópera. Sin embargo, esta reconciliación no involucra los elementos tradicionales de la gracia (grazia) concedida por los dioses, o la clemencia (clemenza) mostrada por los monarcas hacia sus súbditos. Se trata, simple y llanamente, de un acto de perdón (perdono). Enredado en sus propias mentiras y confundido por los nobles vestidos que porta Susanna, el conde piensa que la condesa le ha sido infiel con Figaro. Susanna (actuando como la condesa, cabe insistir) le ruega perdón, pero el conde no se lo concede. Entonces la condesa, vestida como Susanna, se presenta ante él. Puesto que el conde ha intentado seducirla, ignorante de que en realidad era su esposa, se ve obligado a solicitar el perdón que antes había negado:

«CONTÉ: Contessa, perdono.
CONTESSA: Più docile io sono

E dico di sì.

TUTTI: Ah! Tutti contenti
Saremo così.»
 
(«Conde: Condesa, perdóname. Condesa: Mi amabilidad prevalece, y te concedo el perdón. Todos: ¡Ah, todo mundo estará feliz ahora!»)



Tutti contenti saremo così: el momento utópico de la reconciliación en la igualdad, la libertad y la fraternidad soñado por la Revolución Francesa. En suma, escuchar a Mozart seguramente no nos hará más listos. Sin embargo, con un poco de buena fe, probablemente nos ayude a vivir con mayor dignidad. Porque cada trabajador, como Figaro, puede marcar el ritmo de su respectivo contino.

domingo, 11 de abril de 2010

El Retorno del Unicornio Azul: Socialismo y Libertad

No me avergüenza confesarle al mundo entero (bueno... de vez en cuando, cierta megalomanía resulta sana... pero, en aras de la precisión, rectifico: a los tres lectores de este blog) que Silvio Rodríguez representa uno de los grandes referentes en mi iconografía política y cultural. Entre las dedicatorias de mi tesis de licenciatura, hay una dirigida a él. «A Silvio Rodríguez Domínguez», puedo leer en aquel texto que escribí prácticamente diez años atrás, «porque el espíritu de su música está impreso en cada rincón de mi pensamiento». Silvio, amo de las palabras: siempre parecía tener alguna a mano para dar cuenta de mis amores, mis iras, mis ansias de justicia y de revolución. Cuando vine a España, rehusé vehementemente lastrar mi equipaje con música ranchera y/o sones de mariachi, según aconsejaban (con toda buena fe, eso sí) muchos de mis compatriotas patrioteros. En cambio, en el salto sobre el Atlántico me acompañó la colección (casi) completa de obras de Silvio Rodríguez, con algunas muestras selectas (debidamente enriquecidas más tarde, a lo largo de mi larga estancia en Europa) del genio de Bach, Beethoven, Schubert o Mozart. Puedo asegurar que, a la fecha, me siento enteramente satisfecho por aquella decisión.

El pasado 26 de marzo, durante la presentación en La Habana de su último disco -titulado Segunda Cita-,  Silvio  (tan cercano ha sido a mi vida, que me resulta virtualmente imposible eludir la familiaridad cuando me refiero a él) reconoció que Cuba «pide a gritos» una profunda transformación de su régimen socialista, aunque también aseguró que sigue teniendo «muchas más razones para creer en la revolución que para creer en sus detractores». Según indicó Silvio, «este es un momento en que sí, la revolución, la vida nacional, el país pide a gritos una revisión de montones de cosas (...) desde conceptos hasta instituciones».

Al igual que Silvio, Pablo Milanés ha intervenido recientemente en el debate sobre la necesidad de un cambio en Cuba con opiniones muy francas. Desde España, Milanés reclamó en los primeros días del propio mes de marzo que su país «avance con ideas y hombres nuevos» y haga «otra revolución», ya que «el sol enorme que nació en el 59» se llenó de manchas al «ponerse viejo». Ahora más que nunca -en vista de desastres inminentes como los que se barruntan en el experimento venezolano- es preciso prestar oídos atentos a estas voces, que (cada una a su manera) nos advierten que no hay socialismo posible sin respeto a las libertades fundamentales: la personal (que incluye los derechos a no ser detenido arbitrariamente y a ser juzgado conforme a los principios del debido proceso); la de prensa y opinión; la de reunión y, finalmente, la de asociación (por virtud de la cual es factible constituir aquellas agrupaciones que, como los sindicatos o los partidos, constituyen una de las principales garantías del pluralismo político).

Precisamente, la necesidad de rescatar la utopía y revivir los viejos (y justos) ideales socialistas al reconocer, con valentía, que es necesario revisar las vías y los medios autoritarios que fueron empleados para su instrumentación en Cuba, ha sido bellamente expresada por Silvio en una canción titulada «Sea Señora». Desde mi punto de vista, en este tema Silvio retoma con renovado espíritu revolucionario su propuesta poética original. El Unicornio Azul ha vuelto, y se dirige a nosotros en los siguientes términos:

Sea señora la que fue doncella.
Hágase libre lo que fue deber.
Profundícese el surco de la huella;
reverdézcanse sol, luna y estrellas
en esta tierra que me vio nacer.

A desencanto, opóngase deseo.
Superen la erre de revolución.
Restauren lo decrépito que veo,
pero déjenme el brazo de Maceo
y, para conducirlo, su razón.


Seguimos aspirantes de lo mismo
que todo niño quiere atesorar:
una mano apretada en el abismo,
la vida como único extremismo
y una pequeña luz para soñar.


Las fronteras son ansias sin coraje.
Quiero que conste de una vez aquí.
Cuando las alas se vuelven herrajes,
es hora de volver a hacer el viaje
a la semilla de José Martí.



El sueño no ha perdido su encanto: las cuentas que tenemos pendientes con la justicia bien justifican que, hoy como el 21 de febrero de 1848 (fecha en que se publicó el Manifiesto Comunista), podamos afirmar que el fantasma del socialismo recorre el mundo. No obstante, el hecho de reconocer los innegables horizontes utópicos que históricamente representó el socialismo –y que aún proyecta para muchas personas- no debe hacernos perder la necesaria distancia crítica para imponer un juicio de desvalor sobre sus vertientes autoritarias. Sería una necedad negar a estas alturas del siglo XXI que, en aquellos casos en que se descuidó el delicado equilibrio entre la libertad y la igualdad, el buen lugar (esto es, la eu-topía) que anunciara el socialismo ha trocado en una pesadilla. La democracia puede prescindir del capitalismo, pero no de las libertades fundamentales.

Cuando las alas se vuelven herrajes, Silvio opta por José Martí. Sin menospreciar su elección (¡cómo no rendirse ante Martí!), empero, yo prefiero volver mi mirada hacia Ernst Bloch, filósofo marxista de la esperanza y la utopía que, en los tiempos duros de la Guerra Fría y la Unión Soviética (esto es, cuando realmente resultaba riesgoso sustentar semejantes puntos de vista) afirmara que «la bandera de los derechos humanos tiene que ser por doquiera la misma, tanto la que alzan los trabajadores como derecho de resistencia en los países capitalistas, como la que enarbolan en los países socialistas como [medio para] la construcción del socialismo, como derecho e incluso obligación a la crítica de esta construcción». La promesa del socialismo sólo vale en la medida en que haga efectiva la aspiración de una efectiva igual libertad para todos: una liberación de la opresión causada por la desigualdad económica y sus efectos, pero también de la enajenación impuesta por los tiranos de cualquier cuño (aunque se llamen a sí mismos «socialistas»).

domingo, 4 de abril de 2010

Cristianos con Tranchete

En México, la expresión "ver moros con tranchete" es utilizada para señalar aquéllas circunstancias en que una persona percibe (sin que ello sea necesariamente cierto) que está cercada por enemigos dispuestos a atacarla. No creo que sea indispensable realizar un extenuante análisis historiográfico para determinar sus orígenes. Lo cierto es que, en vista de los eventos que tuvieron lugar el pasado (M)iércoles (Santo) en la Mezquita de Córdoba (es decir, en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción), la imagen de unos fantasmagóricos individuos hostiles provistos con dagas afiladas parece haber cobrado nueva vida. En esta ocasión, empero, quienes sacaron a relucir los peligrosos tranchetes fueron los cristianos... aunque la presunta amenaza encarnada en el bando contrario fuese básicamente irreal.

Los hechos desnudos son los siguientes: algunos musulmanes que visitaban la susodicha Mezquita, reconvertida en recinto cristiano alrededor del año 1236, se dispusieron a orar en el templo. Al ser reprendidos por los guardias de seguridad, dos de los orantes se enfrentaron a ellos. Acto seguido, la policía fue alertada sobre la contumaz plegaria que los cancerberos habían sido incapaces de silenciar.  Los agentes del orden público que acudieron a la llamada forcejearon con los rezadores rebeldes hasta que éstos fueron sometidos. El saldo: dos musulmanes detenidos, tres policías lesionados.

Los detalles del enfrentamiento habrá de imaginarlos cada cual, a menos que pueda entrevistar a alguno de los testigos directos. Las versiones periodísticas sobre lo sucedido varían tanto entre ellas que es prácticamente inevitable concluir que en la vida nada es verdad ni es mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira. Para quien lo dude y profese una inquebrantable vocación cívica hacia el ejercicio de la veracidad en el espacio público, siempre queda la opción de contrastar los relatos respectivamente ofrecidos por El Mundo y por El País (y si acaso quiere llevar sus pesquisas hasta sus últimas consecuencias, también puede consultar las crónicas publicadas por La Razón y Público).

La Junta Islámica ha solicitado que, para evitar en el futuro incidentes de esta índole, sea permitido el culto conjunto en el templo. Sin ser adivino, puedo anticipar que esta petición no llegará muy lejos bajo el actual pontificado de Benedicto XVI. Soplan en la Iglesia Católica vientos (¡huracanes!) anteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965). Lejos quedan los tiempos de la Declaración Nostra Aetate, en la que se reconocía que «las demás religiones que se encuentran en el mundo, se esfuerzan por responder de varias maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados» que «no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres», y se ordenaba consecuentemente a los católicos que «con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana»,  guardaran y promovieran «aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen».

Benedicto XVI ha impuesto una concepción asaz distinta del diálogo interreligioso, cuya mayor singularidad reside en haber conseguido mezclar un  dogmatismo ciego a la realidad con una arrogancia suicida. Por muchas razones, podemos coincidir con Albert Rouet, arzobispo de Poitiers, en calificar a la Iglesia Católica como una subcultura en peligro de extinción. Centrémonos, sin embargo, en los aspectos ecuménicos. Todavía resuenan  las palabras pronunciadas por el pontífice el día 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona: mediante una desafortunada cita del emperador bizantino Manuel II, Benedicto XVI atacó al Islam acusando a sus enseñanzas de «perversas» y «violentas». Por obvias razones, este discurso provocó una auténtica conmoción en el mundo musulmán: frenó el ecumenismo, crispó a los creyentes moderados y dio argumentos a los  radicales para justificar la lucha contra el occidente cristiano y sus valores.

En esta misma línea, Benedicto XVI decidió recuperar la anacrónica oración  conocida como Plegaria por los Judíos, que se rezaba antiguamente durante la celebración del Viernes Santo. Esta rogativa, abandonada por la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, abunda en menciones peyorativas para los judíos, a quienes califica como «pérfidos» y cataloga como un «pueblo obcecado» cuya «ceguera», patente en el hecho de negar a Cristo la calidad de Mesías, les ha hecho permanecer perennemente en las «tinieblas». De este modo, Benedicto XVI hizo una concesión a los sectores fundamentalistas de la Iglesia, que en su día se separaron de Roma siguiendo al obispo cismático Marcel Lefebvre y que ahora, agrupados en la Sociedad San Pío X, han retornado a la obediencia vaticana.

Dicho en breve: en Roma se ha instalado un Papa medieval. Por supuesto, habrá quien se encoja de hombros ante este señalamiento y se conforme con apuntar que la influencia de la Iglesia ha menguado a tal grado que, a fin de cuentas, poco importa lo que disponga Benedicto XVI. Yo no estaría tan seguro: basta con leer los comentarios a las notas que las ediciones digitales de los distintos periódicos españoles han dedicado a los sucesos del pasado miércoles en la Mezquita de Córdoba para caer en la cuenta de que todavía quedan muchos cristianos dispuestos a blandir el tranchete. Así que sugiero mirar hacia delante, y trascender la Edad Media resucitada por Benedicto XVI con la visión utópica renacentista de Thomas More (paradójicamente, canonizado por la propia Iglesia Católica en 1935):

«Las instituciones utopianas más antiguas contemplan que ninguna persona se vea perjudicada por su religión. Ya desde el principio, Utopo se había dado cuenta de que antes de su llegada los indígenas estaban en perpetua guerra a causa de las religiones. Observó también que esta situación del país le había facilitado enormemente su conquista, ya que las sectas disidentes, en vez de estar unidas, combatían aislada y separadamente. Conseguida la victoria, y dueño ya de la isla, decretó que cada uno era libre de practicar la religión que le pluguiera. No proscribió, sin embargo, ese proselitismo que propaga la fe de una manera razonada, suave y humilde. Que no trata de destruir brutalmente a los demás si sus razones no convencen. Y que, en fin, no emplea ni la violencia ni la injuria [...] 

Todo esto lo dispuso Utopo por imperativo de la paz. Ésta quedaría totalmente destruida con discusiones continuas y los implacables odios que originan. Pero pensó además que esta medida redundaba en beneficio de la misma religión. No se atrevió a dogmatizar a la ligera sobre asuntos tan serios. No estaba seguro de que Dios no quería un culto vario y múltiple al inspirar a unos uno y a otros otro. 

Pensó que era insolente y grosero exigir por la fuerza o por amenazas que lo que uno cree que es verdadero lo tengan que admitir los otros [...] Pensó sabiamente que, si se procede con moderación y prudencia, la fuerza de la verdad emerge y se impone por sí misma. Si, por el contrario, se acude a la guerra y a la violencia, resulta que los más atrevidos suelen ser siempre los peores. De esa manera la religión por santa y buena que sea quedará ahogada entre las supersticiones más burdas como el trigo entre las espinas y abrojos. Optó por una vía de moderación: dejó que cada uno creyera aquello que le pareciera mejor».
 
Amén.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Lux Aurumque

Lux Aurumque: luz de oro. Eric Whitacre inaugura la primavera (afirmación que, reconozco, sólo es aplicable a quienes deambulamos por aquel fragmento de la superficie del globo terrestre que el pasado domingo dejó atrás, aunque sea para los meros efectos del calendario, un invierno particularmente crudo) con el primer "capítulo" de un coro virtual, integrado por 185 voces provenientes de 12 países. Los cantantes hicieron interpretaciones aisladas de sus respectivas partes, mismas que posteriormente fueron combinadas para crear el coro completo.





La música es la más utópica de las artes. Tal como apunta Ernst Bloch: «En la música hay algo superador e inconcluso que ninguna poesía puede satisfacer, a no ser la poesía que la música puede desarrollar de su seno» (Sujeto-Objeto: Comentarios sobre Hegel). El sonido expresa cuanto es mudo en nosotros, la necesidad de colmar armónicamente la inmensidad y el vacío de nuestra alma. Fiel a esta vocación, el coro de Whitacre anticipa el sustrato utópico del cosmopolitismo auténtico: anuncia la luz aúrea de un mundo post-nacionalista y post-tribal, una luz que alienta en el horizonte más lejano (¡bástenos atestiguar un partido internacional de fútbol para constatar la lejanía de este ideal!) y que, sin embargo, también arde en el cercano e íntimo anhelo de una fraternidad  humana que, a la postre, trascienda y disuelva no sólo las fronteras, sino nuestra más profunda soledad existencial.

martes, 23 de marzo de 2010

Llámame utopístico

Algunos años después de que, en un ejercicio de autocrítica radical, haya eliminado mis dos primeros blogs (cuya breve vida apenas se extendió entre los últimos meses del 2005 y los subsecuentes primeros del 2006... sobre ellos podríamos afirmar por tanto que, al igual que el atribulado ensueño de Rubén Darío, murieron tristes y pequeños: faltos de fe y, sobre todo, faltos de luz), vuelvo a los senderos antes transitados e inauguro este tercer espacio. Comienzo estas renovadas andaduras por la red con una breve nota, henchida de intencionalidad groseramente didáctica: ¿de dónde viene el título que he elegido en esta ocasión?

El adjetivo utópico, según refiere el (¿realista?) Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia está referido a lo «perteneciente o relativo a la utopía», sustantivo que a su vez define como un «plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación». En forma análoga, el Merriam-Webster Dictionary, aunque más preciso en la determinación semántica del vocablo, no le dota en conjunto de connotaciones más halagüeñas:


Utopia
Pronunciation: \yu-ˈtō-pē-ə\

Function: noun

Etymology: Utopia, imaginary and ideal country in Utopia (1516) by Sir Thomas More, from Greek ou not, no + topos place

1 : an imaginary and indefinitely remote place



2 often capitalized : a place of ideal perfection especially in laws, government, and social conditions



3 : an impractical scheme for social improvement


En vista de semejantes definiciones, parece legítimo huir de la utopía como reclama la prudencia con relación a cualquier mal asunto: en este caso, un ejercicio propio de ilusos imprácticos o ideáticos perfeccionistas. ¿Cómo conservar, entonces, el talante utópico sin perder el glamour académico y/o político? Un recurso siempre apreciado para este tipo de onanismos diletantes consiste en introducir una distinción precisamente ahí donde nunca ha existido. Con este ánimo me he decidido, inspirado por Immanuel Wallerstein, a distinguir entre utopia y utopistics (con perdón de la cita en inglés): «Utopistics is the serious assessment of historical alternatives, the exercise of our judgment as to the substantive rationality of alternative possible historical systems. It is the sober, rational, and realistic evaluation of human social systems, the constraints on what they can be, and the zones open to human creativity» (Utopistics: Or, Historical Choices of the Twenty-First Century, pp. 1-2).
 
La utopística, entonces, abre la realidad al impulso transformador de la inventiva humana. ¡La indispensable novedad para hacer frente al siglo XXI!... ¿o no es así? Curiosamente, la reelaboración de la noción de utopía propuesta por Wallerstein no escapa a la ambigüedad que Thomas More originalmente imprimió a esta palabra, acuñada en 1516 con ánimo irónico, como un juego de palabras en griego. El término utopía, en efecto, comprende dos significados. Habitualmente y en un sentido amplio, se ha convenido en remontar sus raíces a las voces griegas ού (no) y τόπος (lugar), esto es, el lugar que no existe. Sin embargo, el prefijo puede intercambiarse también por la raíz ευ (bueno), con lo cual el τόπος designado adquiere un sentido totalmente distinto: el buen lugar. Es imposible suprimir esta ambigüedad sin adulterar al propio tiempo su campo semántico, que oscila entre el no-lugar (porque no es ahora, pero puede ser mañana) y el buen lugar (porque, ahora o mañana, debe ser). La fluctuación entre ambos extremos produce la impresión de improbabilidad característica del discurso utópico.

Improbable, empero, no significa engañoso o irreal. Considerado como tradición del pensamiento político, el utopismo ha estructurado históricamente un conjunto de ideas y de valores concernientes al orden político que han desempeñado la función de guiar el comportamiento público de los individuos. En este sentido, la utopía constituye una forma ideológica de discurso con valor teórico anticipatorio o, dicho en otras palabras, una exploración de largo alcance en torno a las posibilidades de transformación humana y social. En cuanto adelanta mejores formas de organización política, la utopía adquiere el cariz de docta spes: esperanza ilustrada y lúcida que suma la claridad del pensamiento con la viveza de la pasión.

De cualquier forma, difícilmente podemos rebatir a Wallerstein cuando apunta que, bajo el manto del polvo semántico de siglos, la utopía ha acumulado variados prejuicios que la dejan mal situada en los tiempos que corren. Bástenos recordar a este respecto la vinculación que algunos liberales, como Karl Popper, establecieron entre la utopía y los totalitarismos... por más que otros liberales, como John Rawls, la hayan rescatado como instrumento heurístico a últimas fechas. Es preciso reconocer el golpe de genio de Wallerstein: la utopística apela a nuestros sueños en un mundo más justo tanto como la utopía, pero (al menos en principio) nos ahorra la ingrata tarea de limpiar este segundo concepto del detritus acumulado en las batallas que sobre él libraron nuestros antepasados. Así que, en adelante (al menos, eso espero) me atendré al «examen riguroso de las alternativas históricas» y «el ejercicio de nuestro juicio enfocado a la racionalidad sustantiva de posibles sistemas históricos alternativos», basados en «la evaluación sensata, racional y realista de los sistemas sociales de los seres humanos, los límites de lo que aquéllos pueden ser y las zonas abiertas a la creatividad humana». No me digas utópico: llámame (respetable) utopístico.