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sábado, 17 de julio de 2010

Crónica Musical de un Doctorado

Quienquiera que haya entrado en el blog a lo largo de las últimas semanas habrá advertido que estaba francamente descuidado y acumulando polvo desde el pasado 30 de junio. Un efecto colateral del verano español, aderezado este año con temperaturas que algunos días han superado los cuarenta grados a la sombra. Esta mañana, empero, mi pereza mental se ha visto sacudida y despejada a la vista de la maravillosa creatividad desplegada por un grupo de jóvenes investigadores de la Universitat de Barcelona, quienes han colgado en YouTube un musical paródico titulado «La Tesis», cuya trama aborda los goces y desventuras que trae aparejada toda aventura doctoral.

Idealmente, al igual que los hieráticos científicos de la New Atlantis proyectada por Francis Bacon (1561-1626), quien decide embarcarse en un doctorado debería contar con la vocación y los medios para contribuir al «conocimiento de las causas y secretas mociones de las cosas, y el engrandecimiento de los límites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles» (Three Early Modern Utopias, edición de Susan Bruce, Oxford, Oxford University Press, p. 177). Las realidades universitarias, empero, distan enormemente de la utopía baconiana, tan vieja y tan actual como la aspiración de la transformación benévola e ilustrada de la sociedad por medios científicos. Sirvan como ácido diagnóstico de la crisis que atraviesa la universidad los seis episodios en que se divide «La Tesis». Si, después de verlos, mis amables lectoras y lectores experimentan una tensa indecisión entre la sonora carcajada y el llanto desconsolado... no se preocupen, significa que no han perdido la cordura.


Primer Episodio: La Decisión



Segundo Episodio: La Financiación



Tercer Episodio: La Ilusión



Cuarto Episodio: La Estancia (en catalán)



Quinto Episodio: La Histeria



Sexto Episodio: La Escritura



PD. Para el caso en que, aún después de estos vídeos, alguien lo dude... en efecto, es probable que cursar un doctorado no sea la mejor decisión financiera que un individuo pueda tomar en su vida. Quien aspire a ser rico, que se dedique a banquero (o, cuando menos, que asegure el título doctoral en la Ivy League). Pero, como afirmara Galileo Galilei en su célebre Terza Lettera circa le Macchie Solari: «en la ciencia, la autoridad de miles de opiniones no vale lo que la chispa de razón en una sola persona». Eppur si muove: la belleza y la dignidad del conocimiento, bien valen los desengaños doctorales.

lunes, 21 de junio de 2010

Entre José Saramago y Carlos Monsiváis

Tras una noche de absoluto insomnio que, para mi mala fortuna, coincide con el lunes que inaugura el verano (¡empiezo a notar el calor!), confieso que apenas poseo la coordinación indispensable para endulzar mis acostumbradas tazas de té vespertinas. Esta tarde, el ingenio parece absolutamente fuera de mi alcance. Pido disculpas, entonces, por mi total sumisión a la cursilería del lugar común cuando afirmo que, en este mes de junio, la república de las letras se ha vestido doblemente de luto: en una semana y con apenas un día de diferencia, murieron José Saramago y Carlos Monsiváis.

Mi insomnio no es excusa para pasar por alto estas ausencias. Sin embargo, tampoco lo es para redactar una esquela bloguera que no esté a la altura de las circunstancias. Opto, entonces, por una simple expresión de mi duelo personal por aquéllo que he amado en ambos escritores: Saramago, extrañaré tu estilo austero, tu compromiso solidario con los débiles, tu lúcida inquisición sobre los mitos fundacionales de Occidente (aunque L'Osservatore Romano pretenda polemizar con tus cenizas y, cobardemente, ahora que ya no puedes replicar, te tache de populista extremo e ideólogo antirreligioso). Monsiváis, extrañaré tu ironía brillante y tu mirada ácida sobre la sociedad mexicana, aunque igualmente seguiré criticando aquella tendencia tuya a rendirte sin reservas frente a las modas e ídolos coyunturales del parnaso progresista.

Entre Saramago y Monsiváis, mi identidad y mi futuro se tensan hasta prácticamente amenazar con el desgarro. Creo, como Saramago que «en la sociedad actual nos falta filosofía [...] necesitamos el trabajo de pensar» porque «sin ideas, no vamos a ninguna parte» (Otros Cuadernos de Saramago, Junio 18 de 2010). No obstante, también soy consciente de que mi flamante doctorado no entraña necesariamente una posibilidad real de contribuir a la justicia en este mundo, y mucho menos en México. El inconsciente me susurra con esa socarronería típica de Monsiváis: el intelectual latinoamericano up-to-date normalmente está «hastiado de las tenebrosidades y brumas del cubículo, y del tema de tesis explotado hasta la saciedad en congresos donde nadie escucha y todos se promueven», puesto que prefiere en cambio constituirse en «hombre [o mujer, habremos de añadir nosotros] de acción, que acumula conocimientos durante una década con tal de gobernar —en algún nivel— las dos siguientes». Quienes me han precedido en la carrera académica y ahora se han incorporado a la burocracia dorada en cualquiera de los tres poderes no dejarán de reconocer la amarga verdad denunciada por Monsiváis: ante la disyuntiva entre «las muchedumbres elitistas en la cumbre, o la plebe insolente en las calles», las horneadas de doctores (en España nos producen en serie, y por eso nuestros títulos están ligeramente devaluados frente a la auténtica élite procedente de la Ivy League) suelen tener claro que «el problema verdadero de México no es renegociar triunfalmente la deuda externa hasta el fin de los tiempos, ni la inútil existencia de la oposición, ni la sobreabundancia de nacos, sino algo realmente mágico: cada seis años sólo hay un Presidente». La pregunta del millón, entonces, es la siguiente: «¿Cómo es posible esa mezquindad, un solo Presidente si cada año terminan el posgrado cientos de jóvenes intelectuales dignos del cargo, y si en un país del Tercer Mundo, un puesto inferior a Presidente, es un nombramiento devaluado?» ("Para un cuadro de costumbres: De cultura y vida cotidiana en los ochentas", Cuadernos Políticos, número 57, México, mayo-agosto de 1989).

Me niego a convertirme en sujeto de las sátiras de Monsiváis. Dondequiera que me lleve la vida, y en un ejercicio de testaruda ingenuidad quizás inexcusable en los días que corren (la crisis suele ensañarse en primer término con la investigación en el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades), elijo quedarme con la Universidad: con el pensamiento sosegado, con la docencia, con las ponencias y los artículos que, con toda probabilidad, muy pocos leerán. A pesar de sus intrigas cortesanas, me quedo con la Universidad porque, como apuntara Saramago, hoy más que nunca necesitamos la filosofía como espacio, lugar y método de reflexión. Y también porque es posible hacer filosofía (¡o, mejor aún, hacer Universidad!) bajo el severo imperativo ético definido por el propio escritor luso: «Las miserias del mundo están ahí, y sólo hay dos modos de reaccionar ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo —y esto es cierto—, o bien asumir que, aun cuando no está en nuestras manos resolverlo, hay que comportarnos como si así lo fuera» (Otros Cuadernos de Saramago, Junio 15 de 2010). Con toda buena fe estoy convencido de que esa actitud es, justamente, el combustible que requiere la construcción efectiva de la utopía aún bajo el imperio del capitalismo tardío.


José Saramago y Carlos Monsiváis (Acteal, México, marzo de 1998). Fotografía publicada en La Jornada en su edición del domingo 20 de junio de 2010.


lunes, 14 de junio de 2010

Docencia Gamberra

El pasado jueves 10 de junio, Ixtli Martínez, corresponsal en Oaxaca del noticiero radiofónico MVS (cuya primera edición conduce Carmen Aristegui) fue agredida con un arma de fuego al cubrir un enfrentamiento estudiantil en la escuela de derecho de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO), misma que había permanecido ocupada a lo largo de tres semanas por un conjunto de estudiantes que exigía una revisión del plan de estudios. El día apuntado, otro grupo, aparentemente armado, intentó recuperar las instalaciones por la fuerza. Pese a que a la hora en que llegaron los reporteros de MVS al lugar de los hechos el choque entre ambos bandos había pasado su punto más álgido, Martínez se encontró cara a cara con un rufián que, a punto de disparar, se arrepintió de matarla cuando sus miradas se cruzaron. El sujeto bajó entonces el arma, apuntó a la pierna, y la hirió de gravedad en el fémur. El nombre del agresor es Salvador Hernández Bustamente (alias «El Taquero»), quien ya ha sido detenido e identificado como profesor de la aludida escuela de derecho.

Con la que está cayendo en el mundo entero, este suceso parece un mero entremés anecdótico digno de comentarse en la sobremesa y olvidarse después (con la evidente excepción de Ixtli Martínez y sus allegados, que sin duda recordarán aquella mañana durante el resto de sus días). Sin embargo, el hecho de que un profesor universitario (los periódicos mexicanos, en su habitual ignorancia del funcionamiento de la meritocracia docente, le llaman catedrático) se desenvuelva como un porro (o macarra, diríamos en España) empistolado en el campus donde desempeña sus funciones revela en forma particularmente preocupante la descomposición del tejido social en México.

El problema de seguridad ciudadana en México atañe a la articulación entre el poder y el Derecho. El poder, según le definió Thomas Hobbes, consiste en los medios presentes que posee una persona para obtener algún bien manifiesto futuro. A raíz de este carácter abierto hacia el porvenir, el poder es «creciente a medida que avanza; o como el movimiento de los cuerpos pesados, que cuanto más progresan tanto más rápidamente lo hacen» (Leviathan, Parte I, Capítulo X). No debe extrañarnos entonces que en el estado de naturaleza hobbesiano, ante la ausencia de un Derecho que imponga límites a los poderes de toda índole, prive una situación de guerra perpetua. Bellum omnium contra omnes, así describe Hobbes al estado de naturaleza, pre-político y pre-jurídico: no sólo una guerra, sino una guerra de todos contra todos (De Cive, Prefacio). Y no le falta razón. A diferencia de los poderes jurídicos constitucionalmente regulados, los poderes antijurídicos y extrajurídicos siempre han sido y serán tendencialmente absolutos.

El modelo de Estado de Derecho informado por los derechos humanos persigue precisamente atajar la guerra perpetua del estado de naturaleza descrito por Hobbes mediante la tutela de los débiles, como alternativa a la ley del más fuerte que rige o regiría en su ausencia. La protección de los más débiles es la piedra de toque del programa político que subyace a dicho modelo, cuyo principal objetivo reside en la perenne y gradual limitación de lo que Kant denominó, teniendo en mente el paradigma hobbesiano, poderes salvajes. «[M]iramos», escribe Kant en su opúsculo Sobre la Paz Perpetua, «con profundo desprecio el apego de los salvajes a la libertad sin ley, que prefiere la lucha continua a la sumisión a una fuerza legal determinable por ellos mismos, prefiriendo esa actuación a la hermosa libertad de los seres racionales». El prejuicio eurocéntrico inscrito en esta reflexión debe ser obviado para, en cambio, concentrarnos en el fondo del concepto propuesto: al margen del Derecho, la libertad adquiere perfiles feroces que dificultan o impiden cualquier tentativa de convivencia racional.

La incapacidad del actual gobierno mexicano para encontrar, dentro de los márgenes de la racionalidad constitucional, una solución pacífica y creativa a los conflictos sociales derivados del tráfico de drogas (como sería la  gradual legalización de su comercio y consumo, algo que ya he sugerido en alguna que otra entrada de este blog) y la delincuencia que origina ha erosionado los cimientos institucionales del Estado de Derecho hasta extremos que hacen peligrar su misma subsistencia en México. Contrariamente a lo que afirman Felipe Calderón y sus corifeos, el Estado de Derecho no se sostiene únicamente a punta de pistola. Las consecuencias de su proyecto político están a la vista, y a la postre deberán rendir cuentas por ellas: tan sólo entre el 5 y el 11 de junio, fueron asesinadas 271 personas en el país. Salvador Hernández Bustamante es un efecto triste y deforme de esta paulatina  constitución de México en un territorio sin ley, donde la máxima aspiración de las autoridades consiste en emular a Chuck Norris, los gamberros ejercen conjuntamente la docencia y la intimidación, y las universidades son uno más entre los espacios sociales abandonados a la barbarie de los poderes salvajes.